ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El regreso a Cuautitlán

7 de septiembre de 2014

El espectáculo fue impecable, el arreglo del gran patio, los estrados, el ornato, el rigor del protocolo, la actuación de los asistentes, el cuidadoso discurso, el vestuario, los ademanes, todo un evento de enorme calidad mercadológica que cualquier casa productora habría generado a un costo exorbitante.

 

Por supuesto no se trataba de un Informe presidencial, éste ya había sido entregado en tiempo y forma al Congreso. Era un mensaje a la nación con motivo del informe. La antigua ceremonia del Informe presidencial dejó de ser lo que era desde que la oposición en el Congreso confundió el debate legítimo y democrático con los pleitos de verduleras, las interpelaciones abusivas, las tomas de tribuna y demás vandalismos legislativos de los cuales todo mundo fue testigo. Estas acciones no eran gratuitas, respondían a sexenios inveterados de sordera y ceguera presidencialista, de crítica a una democracia escrita con caracteres autocráticos, donde los informes presidenciales eran el monólogo anual precedido y antecedido por aquellos baños de pueblo y confeti en que llegaba el primer mandatario al recinto legislativo.

 

Incapaces de enfrentar tales escenarios, y más incapaces aún de superar el viejo autoritarismo presidencial, se acordaron de que la ley exige la entrega de un informe anual, no su lectura pública, y asunto arreglado. En su lugar inventaron un mensaje a la nación, sobre cuyo contenido no hay reglas establecidas, así que cuanto al respecto puedan decir los analistas será en cierto modo ocioso, ya que se trata de una figura carente de formato legal.

 

Obviamente la ciudadanía espera que dicho mensaje esté relacionado con el informe entregado, y desde esa perspectiva cabe la crítica principal al mensaje presidencial: si el informe anual es tan rosa, tan inocuo, tan promisorio y falto de autocrítica como ha sido el mensaje, la nación debe reclamar tan semejante falta de honestidad. No se puede anunciar con tanta solemnidad que todo está mejorando mientras haya millones de mexicanos para los cuales nada mejora, no se puede hablar del abatimiento de los índices delictivos cuando en todo el país hay cientos de familias que en este mismo momento tienen a alguno de sus miembros secuestrado o desaparecido, tampoco es sensato idolatrar las reformas si un tan alto porcentaje de mexicanos las está sufriendo sin recibir garantía alguna de mejoramiento y prosperidad, finalmente un informe no se hace de lo que se está por hacer o lograr, sino de lo ya realizado.

 

Es entendible la preocupación del Gobierno por modificar la percepción social, por enfocar lo positivo, reconocer logros, y superar un pesimismo paralizante que tanto nos ha dañado, pero mientras la realidad no se modifique sensiblemente de poco sirven las cuidadas coberturas mediáticas.

 

Por lo pronto queda claro que la más evidente victoria de estos dos años de Gobierno federal ha sido el fortalecimiento de un presidencialismo centralista que apenas se estaba logrando abatir, pero que ahora regresa con más furia y mayores ambiciones, a costa, como siempre, del resto de la nación. Nuevamente, fuera de la Ciudad de México todo sigue siendo Cuautitlán.