ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El reto de la impunidad

11 de noviembre de 2012

Gracias a las películas y programas televisivos estadounidense sabemos que de la segunda mitad del siglo XIX a la primera del XX, no solamente en el Oeste de aquella nación, sino en el Este y en Florida, la corrupción y la impunidad imperaban en todos los niveles. La Ley del Oeste era la ley de la selva, y la ley de Chicago a Miami, era la metralleta.

 

Para por lo menos controlar esta situación propia de seres humanos en desbandada, los norteamericanos tenían, como nosotros, tres posibilidades: el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. No descuidaron ninguno pero se aplicaron muy conscientemente al fortalecimiento del Poder Judicial, es decir, en la medida que se abata la impunidad, y se abata con absoluto rigor, se abatirá la delincuencia.

 

Depurar y formar a la policía, promover jueces incorruptibles, erradicar prácticas leguleyas, limpiar la estructura y la subestructura del ejercicio de la justicia, y muchas otras cosas más pudieron hacerse porque no dependían necesariamente de la opinión de congresistas comprados o de la del presidente en turno. Ni siquiera se hacía necesario llevar el mensaje al sistema educativo, el hecho mismo de la justicia ejercida con rectitud educa, escarmienta o previene.

 

En México sabemos bien hasta qué punto un presidente llega al poder con márgenes mínimos de maniobra, con infinidad de compromisos y poderosas fuerzas dispuestas siempre a paralizar los mejores propósitos. Sabemos que por lo menos los próximos seis años, la educación como instrumento de superación nacional seguirá como la hemos visto, de manera que no parece ser el camino, siendo el mejor de todos. La situación del Poder Legislativo es degradante lo mismo a nivel federal que a nivel estatal, lo mejor que podrían hacer es emitir una ley que los suprimiera a todos y diera lugar a una radical e inteligente reingeniería de este poder.

 

Habría entonces que poner la mirada en nuestra última opción: la reforma del Poder Judicial, tarea de extraordinario significado pero sin duda más difícil de enfrentar que la misma desarticulación de la delincuencia organizada. El Poder Judicial semeja una enorme escalera de caracol que desde su primer peldaño está ya podrida, de forma que uno debe sujetarse del barandal, sólo que éste se halla poblado de toda una serie de sujetos que no te permiten hacerlo si no es por medio de dádivas cada vez mayores conforme más se asciende.

 

Si de este nivel se pasa al sistema carcelario, ya no hay nada que añadir, hoy día y seguramente desde hace muchos años, las cárceles no están en manos del Gobierno, sino de las agrupaciones “sindicales” de sus habitantes, cuyo poder las ha convertido en inexpugnables centros de operación, de los cuales además, se puede entrar y salir a placer, de lo contrario, siempre habrá operativos exitosos que vayan y saquen de ellas, lista en mano, a los efectivos que requiera la maquinaria delincuencial mexicana. Habrá que estar atentos para advertir por cuáles caminos el nuevo Gobierno intenta superar efectivamente la situación del país, dar la impresión que la supera, o francamente cambiar de tema.