ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El reto del tiempo

8 de enero de 2012

No sabemos a partir de cuando el ser humano captó la dimensión y el significado del tiempo, pero tal vez de ninguna otra cosa se ha escrito tanto como de esta realidad, lo mismo en la sede siempre sensible de la poesía, que en la reflexión filosófica, en la novela o en el drama, y desde luego, en el pensamiento cotidiano de toda persona, que viendo pasar el tiempo advierte que lo que en realidad pasa es su propia vida.

 

El concepto del tiempo ha definido los dos grandes hemisferios del mundo, el oriental y occidental, y a partir de ese concepto se han diseñado culturas, proyectos individuales y sociales, historias de vida, trayectos y metas, percepciones en torno al sentido de la existencia, a su éxito o fracaso. El mundo oriental es una rueda que infatigablemente gira repitiéndolo todo, que cree en una radical predestinación aunque vislumbre caminos para superarla. El mundo occidental es una flecha disparada siempre hacia el futuro, que más que repetir innova, condición que explica su constante movilidad y su mismo progreso tanto humano como material.

 

México pareciera ser y seguramente lo es, una propuesta del tiempo de carácter mestizo, que toma lo bueno de una visión cíclica fortaleciendo el valor de la tradición, y toma lo bueno de la visión lineal, proyectándose al futuro. También puede tomar lo malo de ambas visiones: repetir hasta la saciedad vicios y posturas paralizantes, conducirse ante la realidad con un sentido fatalista, atenerse a una idea de destino inevitable o cortarse de tajo las raíces y pretender inventarlo todo cada día, incluida la propia existencia.

 

Bajo el peso de un planteamiento cíclico, oriental e indiano, muchos pensaban y acaso hasta deseaban que la fatalidad de 1810 y 1910 se repitiera en el 2010, ignorando que en 1710 y en 1610 no había habido precedentes; se trataría en todo caso de un fatalismo independentista, pero ya de por sí discontinuo. Este tipo de conciencia que culpa al destino, permite ignorar que la verdadera fatalidad ha sido sexenal y ha sido fatalidad por la tolerancia imperdonable de la sociedad a un estatus político que no hace sino repetir promesas y fraudes, incursionando, eso sí, en las nuevas carreteras de la comunicación y la mercadotecnia, de la imagen y del discurso, con declaraciones manidas, denuncias maniqueas, gestos estudiados y alebrestos teatrales, frente a grupos de acarreados esperanzados, de paracaidistas en busca de aterrizaje, de amplios y muy bien encorbatados correligionarios, todos aplaudiendo a morir, entre abrazos y palmadas, para que todos puedan seguir haciendo lo mismo, lucrar en provecho propio a costa de los demás.

 

En este marco se abre el 2012, nueva oportunidad para que el país siga apostando por lo positivo del tiempo, arraigue el progreso y rompa de una vez por todas con su fatalismo paralizante, a pesar de la insistencia con que tanta gente procura precisamente lo contrario.