ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El voto duro

3 de mayo de 2015

Llaman voto duro al que emite un cierto número de personas en favor de un determinado partido pase lo que pase, sea quien sea el candidato. Es una especie de voto ciego, seguro y certero a la hora de cruzar la papeleta.

 

Optar permanentemente en favor de un único partido entraña una especie de adhesión tribal, de vinculación sanguínea, de pertenencia familiar indestructible, es ni más ni menos que la personificación del maternalismo mexicano, de la madre de todas las madres que con tan buen humor y tino representaran los Polivoces en la figura de “Naborita”, madre abnegada, luchona y endiosada del hijo inútil, narcisista y por supuesto, mantenido, llamado Gordolfo Gelatino.

 

La pervivencia del voto duro es la pervivencia de la sociedad primitiva, sentimental, que somete la capacidad de pensar a la de sentir, que prefiere creer a cuestionar, apegada a que siempre lo ha hecho así.

 

En la periferia del voto duro militan verdaderas jaurías de oportunistas, éstos no saben nada de lealtades emotivas o arraigos familiares de partido, andan tras de un empleo de tres o seis años en las mejores condiciones laborales posibles, donde todo es ganar sin tener que rendir cuentas; al igual que los meseros, no van por el salario, van por las propinas.

 

No sabemos el tamaño de estos grupos, pero es evidente que su nivel de desarrollo político es ínfimo, o sus necesidades o avidez muy apremiantes. Forman parte de ese sector social que no ha descubierto que su verdadero progreso y prosperidad individual atraviesa por una genuina transformación de las estructuras políticas del país. Ajenos y alienados de esta verdad, se empeñan en apostarle al sistema a cambio de obtener la miserable migaja de un empleo. Y el sistema se los agradece prolongándose de manera indefinida, y prolongando con esa misma característica la postración del país y su permanente parálisis democrática.

 

Seguramente todos los partidos tienen su porción de voto duro y su contingente de oportunistas, no es creíble que ignoren lo que significa para el país seguir haciendo política de esa manera, pero el país les tiene sin cuidado o porque lo ven bajo la anticuada lupa del patrioterismo romántico del siglo pasado, o porque no son capaces de verlo con los ojos de la inteligencia democrática, ver en la reconstrucción de las instituciones la mejor posibilidad para el progreso de todos.

 

Por lo pronto hay que soportar el circo, maroma y teatro de las actuales campañas, unos haciendo propaganda porque les pagan, otros porque esperan pagos de mayor calado y duración, todos desaforados sin siquiera ponerse de acuerdo para no llamar dos o tres o más veces a la misma puerta donde ya les dijeron que no, o que sí, algo semejante a lo que ocurre con algunos bancos cuyos vendedores han de estar telefoneando a todas horas con la misma cantaleta.

 

Ya podrían seguir haciendo esto y tantas otras cosas, si no fuera porque este dispendio se realiza con dinero público, dinero que no se aplicó, por ejemplo, a mejorar los pavimentos donde sus propagandistas se paran a promover el voto.