ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Elogio del sindicato

18 de octubre de 2009

Como consecuencia de la brutalidad del sistema capitalista, fruto de la industrialización, surgió una nueva clase social cuya marginación se volvió extrema. Los marxistas le llamaron proletariado, para significar así la condición precaria de la prole obrera, cuyo salario se sometía a la ley de la oferta y la demanda, y comenzaba apenas cumplidos los doce años, lo mismo para hombres que para mujeres, sólo que mujeres y niños ganaban menos por la misma jornada que podía llegar hasta 14 o más horas. Ignorancia, enfermedades, vicios, degradación, hacinamiento, eran el horizonte habitual de esta población. Se hacía necesario que los trabajadores se organizaran para primero establecer y luego defender sus derechos, así nacieron las primeras organizaciones obraras en Europa y Estados Unidos.

 

Así nació también el sindicato mexicano, como conquista de la Revolución, y un valioso instrumento para realizar todo tipo de conquistas tuvieran o no que ver con la Revolución. En esencia, valioso e indispensable, correría la suerte del tipo de sociedad que lo asumiera, ya que todo sindicato exige líderes, y a éstos los produce la sociedad. Los líderes requieren a su vez de colaboradores que les ayuden a servir la causa del trabajador o a servirse de ella, con un reparto más o menos generoso de utilidades. Ninguna novedad ni patrimonio mexicano, a fin de cuentas el sindicato ha hecho muchas veces lo que hizo habitualmente el Partido Comunista soviético, crear una casta de privilegiados con acceso a los repugnantes productos burgueses, como la champaña, los puros finos, el caviar “vip” y casa de campo, a condición de mantener leales y cooperantes a las masas obreras, para las cuales sería el paraíso de los trabajadores, siempre anunciado y jamás alcanzado, salvo por los líderes y sus indispensables ayudantes.

 

Aunque llamativo, y no necesariamente injusto, no hay en este país líder sindical pobre, aún si la mayoría de ellos sean justamente de extracción pobre; nadie va a negar que, además de trabajar, también se pueda progresar por el mero hecho de moverse bien en el sindicato.

 

La tragedia radica en la prontitud, amplitud y profundidad de la corrupción que se ha producido en la mayoría de los sindicatos, siempre dispuestos a declarar huelgas en empresas que apenas quieren abrirse, cerrar las ya abiertas, y respaldar indiscriminadamente cuanto hacen o dejan de hacer sus ilustres líderes.

 

Si al hecho del sindicato, en principio neutral, unimos la empresa paraestatal, o el mismo servicio público, se ha creado el explosivo perfecto, un coto de poder inconcebible donde las metas originales se convierten en medios, en tanto los verdaderos fines superan toda relación con la función primigenia de los sindicatos; teniendo además abierta la fuente de los recursos públicos, el botín se aumenta desmesuradamente y en esa proporción la politiquería indispensable para servirse sin escrúpulos de los recursos que reciben.

 

Sin duda que esta situación tendería a mejorar si la sociedad lograra una conciencia ciudadana de mayor calidad cívica, asunto que implica al sistema educativo, sólo que éste con frecuencia anda demasiado ocupado en asuntos sindicales.