ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Eméritos

2 de junio de 2013

La administración pública no debe estar en manos de los partidos ya que su turbulencia crónica perjudica seriamente su buen funcionamiento. México es uno de los peores ejemplos de lo que ocurre cuando el servicio público se partidiza, ya que la eficiencia, rapidez, y continuidad de procesos, se paraliza cada tres o seis años; capaces e incapaces deben irse porque los capaces y los incapaces del triunfador vienen por todo con el peor de los propósitos: comenzar todo otra vez.

 

Encima sucede que los que llegan están urgidos de llegar y los que deben salir se quisieran todavía quedar. El resultado de este estira y afloja es un caos administrativo que repercute, como siempre, en la economía de los contribuyentes, porque siguen ganando lo mismo los recién llegados que los que ya estaban, pero también porque sus conflictos laborales  obstruyen el funcionamiento de las instituciones.

 

Adicionalmente el Gobierno mexicano ha venido arrastrando por incontables sexenios el hecho repetitivo de los llamados “aviadores”, personas que reciben un salario nominal pero no un empleo. Los legisladores deben promulgar leyes que tipifiquen este fenómeno equiparable al fraude, de tal forma que quienes incurran en él no solamente pierdan sus pretendidos derechos laborales, sino que sean obligados a devolver el salario recibido y pagar la sanción correspondiente.

 

Los detentores de los grandes cargos cantan en un tono diverso; debemos destacar que de un tiempo a esta parte los ex presidentes del país renunciaron a esa vieja práctica, corrupta y enturbiadora, de seguir metiendo su cuchara en asuntos que ya no les competen por el simple hecho de haber dejado de ser lo que eran. Los más inteligentes se fueron hasta del país, por lo menos en tres casos célebres. En cuanto a nuestro Estado tenemos que reconocer que Emilio González, en primer lugar, no se haya quedado con la Casa Jalisco, haya dejado de dar declaraciones, y viva su condición de Gobernador “emérito” con dignidad, es decir, en silencio y lejanía.

 

Antes las cosas eran distintas, presidentes y gobernadores salientes se sentían con la obligación “moral” de conservar espacios de poder, mantener su protagonismo así fuera tras bambalinas, entrometerse sin escrúpulos en cuanto les viniera en gana, y por lo mismo arruinarle el trabajo al gobernante en turno. Para ello mantenían su clientela sumisa y cooperante, pues había que pagar los favores recibidos. Todo esto era parte de la corrupción típica de personajes políticos, megalómanos y obsesionados por seguir siendo aunque en realidad nunca hubiesen sido, lo cual lo demostraban tratando de perpetuar el poder del que disponían con evidente falta de honestidad; fue tan común esta desdichada práctica que hasta recibió el nombre de “maximato”, allá en los tiempos de María Conesa.

 

Con frecuencia el síndrome de los eméritos es pensar que solamente ellos gobernaron bien, que sus elegidos eran los mejores, sus decisiones infalibles y su actuación fuera de toda discusión, en tanto sus sucesores no hacen sino equivocarse. Lo paradójico es que este tipo de autocomplacencia en los eméritos inconsolables muestra que las cosas fueron del todo contrarias a lo que ellos creen.