ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

En la Edad Media

27 de noviembre de 2011

El feudalismo fue un sistema medieval establecido básicamente sobre la venta de protección y seguridad a campesinos y burgueses asolados por bandidos o por los soldados del príncipe vecino. Pero se trataba de una pirámide de protecciones, de una escalada de fuerza y poder, donde siempre había sobre un señor poderoso, otro que lo era más, y así sucesivamente hasta llegar al emperador. El precio de estos servicios irá de lo justo, rara vez, a lo excesivo en términos de explotación, sometimiento y atropello de la gente más desvalida.

La consolidación de las ciudades puso límites al sistema feudal y generó un equilibrio de fuerzas entre los príncipes y la burguesía que en parte alivió las tensiones de las clases sociales de menor capacidad. Con el pasar del tiempo la estabilidad de la burguesía impulsó el desarrollo del pensamiento en múltiples campos, de manera particular en el social, llegándose a principios célebres como es la permanente redistribución de la riqueza en términos de mayor equidad e igualdad, asunto que influirá sobre los marcos jurídicos del trabajo y de la organización social.

Pero la civilización es cíclica, y hoy nos vemos ingresando en un nuevo feudalismo donde el imperio lo tienen los grandes intereses económicos trasnacionales, que convierten a los gobernantes en gerentes, si se trata de países industrializados, o en lacayos si se trata de naciones en vías de desarrollo. Independientemente del título, gerentes y lacayos no tienen otra función que favorecer la maquinaria de explotación mundial a favor de la clase dominante, cuyo estilo de vida es demasiado cara y exige de enormes recursos para poderla mantener.

Todos los políticos del planeta lo saben bien, como saben igualmente que los colores partidistas ya no son sino pases a puestos de gerencia o servilismo bastante bien pagados, que vale la pena empeñarse en alcanzar por todos los medios posibles; consideran que es la única forma realista de escapar a la condición de la plebe, a cambio de ser capataz por un periodo. Las ideas de patria, nación, solidaridad, justicia social, igualdad, cambio, renovación, seguridad, progreso, etcétera, no son sino términos a emplear cual disfraces de comedia, para lograr una buena campaña electoral. Para los políticos posmodernos el fin justifica los medios, y alcanzado el fin, también se justifica olvidarse de los medios, sobre todo si se trata de naciones y sociedades alienadas, es decir, ajenas a sus derechos y obligaciones, o como sucede con las masas juveniles del momento, sólo interesadas en ir al antro, y muy lejanas a los ideales constructivos y aún revolucionarios de otras épocas.

Por lo mismo, en nuestros países dizque en desarrollo, no cabe pensar en juventudes “indignadas” como ocurre en Estados Unidos, Europa o en algunos países árabes. Los bailes y los tacos del porfiriato, hoy son antros, alcohol, drogas y sexo, y claro, el dinero para poder tener estos escapes, y que el país se hunda.