ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Es posible vivir

27 de marzo de 2016

La fiesta anual de la Pascua invita a reflexionar sobre el misterio de la vida, que siendo tan ubicua en todo el cosmos, a veces resulta insignificante en la tierra.

 

Podemos considerar a la vida como una permanente expresión de la energía del universo, anónima, repetitiva en su multiforme individuación, irrelevante por su multiplicación infinita y entonces hasta descartable, o la podemos considerar como fruto de una originalidad que jamás es la misma para nadie, y entonces dotada de una riqueza incalculable e impredecible, una fuente perene de novedad que nunca cesa de inventarse a cada instante, y que por lo mismo se hace acreedora al mayor interés y respeto.

 

Vivir para alcanzar la plenitud de todas las posibilidades que la vida trae consigo en cada ser no significa vivir para enriquecerse en poder, placer y dinero, sino vivir para lograr ser la mejor forma de ser posible en el mundo. La meta suena idealista, pero ¿de qué otro modo podría tener sentido el existir humano?

 

Pero no están los tiempos actuales en favor de la vida, están a favor del disfrute, del placer, de la posesión y el descarte de cosas y personas, ni Dios mismo se escapa a esta dinámica, toda vez que se hace uso de Él a capricho de nuestras veleidades. Esta manera de existir en el mundo desafora la conciencia, la aplasta contra sus sentidos, pues es sólo para servir a éstos que tanta gente vive.

 

De esta nueva postración nace la enfermedad de nuestro tiempo, la adicción en sus incontables variedades, una enfermedad que nadie acepta tener pero que carcome todos los días su libertad hasta convertir a las personas en esclavos sumisos de las marcas, de los celulares, de los afectos, de los estupefacientes, de la fama, del sexo, del comer, del beber y del tener.

 

Cuantos han caído en esta nueva seducción nunca admitirán que son adictos por la sencilla razón de que son tantos quienes viven así, que les parece lo más natural actuar imitando a los demás. El problema se agrava cuando para mantener una adicción comienzan a mentir, a robar, a descuidar su trabajo, su familia, a vivir única y exclusivamente para satisfacer el imperio de su deseo adictivo a costa de lo que sea y de quien sea.

 

Entran así en un largo camino de pérdidas: la familia, la pareja, el prestigio, las amistades, el honor, la dignidad, el respeto, la veracidad, la justicia, pérdidas que incluirán la propia salud y finalmente la vida, pero dirán, ¿y para qué quiero vivir si no es para mi adicción? Estamos ya ante la mayor de las claudicaciones, ante la denigración extrema de un ser humano que se volvió esclavo de sus gustos en lugar de que sus gustos estuviesen a su servicio.

 

Ante ese entorno la pascua sigue siendo un mensaje permanente de libertad ante toda adicción, una libertad profunda que permite respirar y crecer a la vida para que ésta pueda alcanzar su plenitud. Y esto es posible no obstante los poderosos guardias que el corporativo económico global ha puesto para impedir que la vida resucite.