ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Escuelas normales

4 de noviembre de 2012

Estamos habituados a denominar escuelas “normales” a las instituciones dedicadas a educar y capacitar a quienes dedicarán su vida a la enseñanza. Pero el ya largo historial delictivo de algunas de ellas nos lleva a pensar que se trata más bien de escuelas “anormales”, ya que o no saben que significa el verbo educar, o bien lo entienden en sentido opuesto al que acepta la mayoría de los mortales.

 

De quienes se preparan para ser profesores de las nuevas generaciones de mexicanos se espera por lo menos responsabilidad y congruencia, no pueden actuar como pandilleros quienes luego han de presentarse ante los alumnos como ejemplo a seguir.

 

Bloquear las vías de comunicación, afectar a terceros, desquiciar el tráfico, contaminar el ambiente, perjudicar a la gente que sí trabaja, y a toda la ciudadanía, gracias a cuyos impuestos existen estas escuelas, es mostrar ante el país y el mundo una completa ausencia de pensamiento y compromiso social.

 

Estos desmanes incluyen igualmente el abandono de las aulas y de los estudios, si es que los hacen, y pone en un predicamento a sus respectivos profesores y directivos ¿son estos mismos maestros de maestros los que inducen esas conductas, fue así que ellos mismos se “educaron”, o son incapaces de reorientarlas?

 

Es también exigencia de todo proceso educativo enseñar a vivir y hacerlo en comunidad, lo cual supone la comprensión y práctica de los valores por lo menos cívicos. Secuestrar bienes ajenos e incendiarlos, dañar propiedades públicas y privadas, es lo que menos podría esperarse de los estudiantes de una “normal”, y quienes lo hacen no estarían ya calificados para proseguir ese tipo de estudios, acciones de este tipo forman parte de lo que se llama “antecedentes penales”.

 

La madurez por otra parte supone la capacidad de elegir las propias acciones y aceptar igualmente las consecuencias que de ellas se derivan, en otras palabras entender que “el que la hace la paga”. No se puede delinquir, ser apresado con sobrada razón y luego pretender la libertad a fuerza de nuevas presiones delictivas realizadas por los cómplices que escaparon a la justicia.

 

En el pasado conflicto de estudiantes normalistas de Michoacán se esgrimieron buenas razones a medias; qué bueno que quieren estudiar purépecha, aun si los purépechas lo que quieren es aprender inglés; qué pena que vivan de tal forma aislados de la realidad, al punto de ignorar el mundo global en que viven y, por lo mismo, no querer aprender su lengua, y bueno, ni hablar del dominio del idioma español que mostraron los amantes del patrimonio lingüístico nacional; pero todavía peor que para defender tan “nobles” aspiraciones, se comporten como bandidos.

Por otra parte, su rechazo al estudio de la computación, contrasta con los millonarios obsequios que la maestra dio a sus delegados en Quintana Roo; seguramente los representantes del magisterio michoacano, en solidaridad con los normalistas, ya vendieron las computadores que les regalaron.

 

Habría que analizar los índices educativos, de desarrollo social y crecimiento económico, de civismo y de productividad que tiene el estado de Michoacán, y preguntarse qué está haciendo al respecto el magisterio de aquel estado.