ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

España, tierra de godos

30 de diciembre de 2012

Lo dice un refrán, a propósito de las pequeñas comunidades: “pueblos de godos, todos parientes y enemigos todos”. Las noticias que nos llegan sobre los afanes separatistas de importantes regiones españolas como Cataluña, nos lleva a reflexionar en las paradojas de la historia de aquella nación tan emparentada con los países latinoamericanos.

 

Mientras que lo dividido buscó unirse, hablo del caso alemán, lo que estaba unido busca disgregarse: Yugoeslavia y antes Checoeslovaquia, la propia Rusia y ahora España, que es un caso especial, pues al parecer todo el tiempo han buscado no lo que los une sino lo que los separa, y si de momento no lo hallan, pues acuden a la historia que los puede atiborrar de ejemplos. Los catalanes separatistas deben seguramente anhelar la Edad Media con pasión incomparable, pues que están empeñados en volver a ella.

 

Que Barcelona fuera en los tiempos de la guerra civil un fuerte baluarte de los republicanos izquierdistas algo ha de influir en las decisiones de ahora, pero en semejante postura se dan por lo menos dos paradojas bastante complejas: De haber triunfado la facción republicana, sin duda que habrían tenido que pagar factura a la Unión Soviética, y hoy, a la vista de lo ocurrido con esa potencia comunista y sobre todo ante las secuelas para los países que la siguieron, España estaría como Albania, o en el mejor de los casos, como Polonia, que ya es mucho decir. Pero es raro el país que aprende de la historia y muy común quienes en cambio gustan de repetir sus errores.

 

La segunda paradoja resulta del serio contraste entre los catalanes de izquierda que en estricto apego a su ideología lucharon esa guerra en aras de un sistema económico, político y social opuesto al capitalismo; no obstante hoy día se han convertido en magníficos exponentes de ese odiado sistema, cuyo egoísmo histórico explica el que no quieran estar “unidos” a un país “proletario”, por eso se quejan de lo que les cuesta pertenecer a España, de la cual seguramente no han recibido jamás nada a cambio. Por supuesto que es vergonzoso querer formar parte de una nación cuando a ésta le va bien, y querer separarse de ella cuando las cosas empiezan a funcionar mal.

 

A partir del ingreso de España a la Unión Europea todo mundo rebozaba felicidad, de pronto llegaron los millonarios subsidios, apoyos y préstamos que se convirtieron en autopistas, redes urbanas, aeropuertos de primer nivel, cheques-bebé, en fin, el “estado de bienestar” que superaba con mucho las quimeras comunistas. Todo fue ganar y gastar trabajando menos, a nadie al parecer le avisaron que había que pagar lo bailado; cuando comenzaron a vencerse los plazos y llegó la hora de  rendir cuentas en cuanto a productividad, la fantasía se desvaneció, pronto se volvieron a acordar de que eran catalanes ¿cómo que nos juntamos con aquéllos?

 

Ahora los catalanes quieren ser solamente europeos, ajenos a los gustos primitivos de la fiesta brava, y muy  decididos a esperar un mínimo de diez años antes de ser admitidos a la Unión Europea como nuevo estado miembro, si es que definitivamente los separatistas logran imponer su punto de vista para que surja un micro estado más en aquel vasto archipiélago de identidades obsesivas.