ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿Espejismos?

15 de noviembre de 2015

¿Espejismos?

Por las primeras fotos que los medios mostraron para ofrecer una postal del Centro Histórico tapatío sin ambulantes, parecería que era muy temprano, es decir, cuando ni el comercio establecido abre todavía sus puertas. De todos modos se veía extraño por despejado.

Por lo común el Centro Histórico tiene sonidos, visiones y olores, también apela al sentido y al gusto, y todo con especial estridencia. La travesía por sus espacios resulta sumamente dispareja, las calles tienen infinidad de baches y tambaches de asfalto, las banquetas unas bailan cuando las pisas, otras más bien se hacen esperar, pero todas son creativamente dispares, no por cuadras, sino por tramos en ocasiones muy breves y con toda clase de trampas sesudamente ubicadas para hacer caer o tropezar tanto al desvalido como al distraído.

El griterío es proverbial, pues los ambulantes compiten entre sí para ofrecer todo tipo de productos, con estudiada voz y distinto volumen, las mercaderías se muestran sobre mantas o hules pecho a tierra, en improvisadas y frágiles mesas, en armatrostes de alambre, o se llevan a cuestas propiciando un generoso compartir del piso que apretuja a los transeúntes y los hace caminar entre todo tipo de obstáculos, tenderetes de películas pirata, discos compactos de la misma marca, juguetes de plástico, prendas de vestir, aparatos eléctricos de reducida dimensión, bolsas, carteras, cinturones, bisutería, y cuanto comestible se pueda uno imaginar, escenario que parece va a desaparecer, al menos de momento.

Para incrementar el barullo general tienen su espacio cantantes, guitarreros, malabaristas y batuqueros, conjuntos musicales de huicholes, y de vez en vez intérpretes de la danza de los viejitos, junto con predicadores evangélicos aderezándole los alimentos a los turistas con todo tipo de amenazas bíblicas e inminentes apocalipsis.

Gracias a todo este alboroto es difícil apreciar el deterioro del Centro Histórico, llevar la cuenta de las casas abandonadas o derruidas, identificar las pocas fachadas que se han librado de los grafitis, advertir el terreguero que se expande por todos los rumbos, junto con los botes de basura pletóricos porque la gente comedidamente los llena apenas los acaban de vaciar y hasta los encopeta en su afán de que todo deshecho quede en ese perímetro, por su parte los responsables no los vacían con la frecuencia que debieran, y hay que ver los difíciles equilibrios que hacen botes, papeles, olotes, platos y vasos de plástico, bolsas, cáscaras, botellas y cucuruchos, agarrándose unos con otros a fin de no caer. Otros prójimos ni siquiera advierten que hay botes de basura o si los ven, ignoran para que sirvan.

Hace cien años el centro de Londres lucía, dicen, muy parecido o peor. A fin de cuentas el ambulantaje es producto de las condiciones económicas de la sociedad, típico de las urbes proletarias, y la solución de fondo radica justamente en un progreso económico igualitario, si bien un ordenamiento más racional de nuestra pobreza no está de más. A ver cuánto dura este nuevo intento, ya que no es el primero ni tampoco el último que se publicita con tanto entusiasmo y optimismo.