ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Espionaje telefónico

12 de febrero de 2012

La realidad del espionaje es una de las grandes paradojas de la civilización humana. Todos los reinos, imperios y democráticas naciones se han quejado de esa sinuosa práctica con la misma vehemencia con que la han ejercitado. Tal pareciera que nuestra incurable doble moral permite declarar que el espionaje solamente es delito si lo ejercen los demás. En la realidad cotidiana es parte de la praxis política universal, donde la única regla es: si te descubro te atienes a las consecuencias.

 

Watergate es hoy olvido, pero en su momento fue una de las experiencias más dramáticas del postulado anterior, aún si el descubierto hubiese sido nada menos que el señor presidente de los Estados Unidos. Lejos de lograr la reelección a la que aspiraba, debió incluso renunciar al cargo que ya ostentaba; había sido “demasiado” espía, o como dice el antiguo dicho: “hay que ser puerco, pero no tan trompudo”. Junto con el señor Nixon, cayeron más de siete “colaboradores”. Claro, el señor presidente Ford procedió apenas electo, a conceder un rápido y generoso indulto al ex presidente, pero ¿quién indultará de la vergüenza?

 

Que en México haya espionaje político no es noticia, ni siquiera es noticia el que eventualmente se descubra toda la gama de recursos empleados para obtener información, recabada de una manera que antes llamaban inmoral. Para que fuese noticia se requeriría de un estado de derecho en serio, con un poder de impartición de justicia autónomo y desde luego, incorruptible, avalado por una sociedad que exige no por una vez, sino por todas las que sean necesarias hasta ser satisfecha en su demanda.

 

En países políticamente muy desarrollados las reglas se modifican, sin duda que el espionaje sigue siendo una posibilidad, pero todos saben que tiene un costo penal y que sí se paga. Que dentro de esas reglas, la misma autoridad pueda, en determinados casos, por ejemplo, permitir la intervención telefónica, exige dejar evidencia documental del permiso y de las razones argumentadas, permiso que desde luego se otorga solamente a instancias muy concretas; estas normas permiten evitar operaciones amparadas en el anonimato, recurso bajo cuyo manto se cometen y se han cometido todo tipo de arbitrariedades en todas partes ¿de qué no sería capaz un ser humano al acusar a otro, si le ofrecen la gracia del anonimato y la garantía de la impunidad?

 

Pero no se escandalicen los cristianos ante estas abominaciones, que muchos políticos depravados han militado con careta de personas religiosas, y muy religiosos eran los señores fariseos del primer siglo que hicieron matar a Jesús, gracias a la valiosa colaboración de espías y testigos. No faltarán después “cristianos” que se guiarán más por los malos ejemplos que la Biblia delata, que por los buenos que quisiera promover. Ojalá y el próximo periodo electoral no sea un muestrario más de este tipo de recursos.