ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Estados emblemáticos

21 de abril de 2013

En el México postrevolucionario la figura del profesor fue permanentemente mitificada, sobre todo la del profesor rural, que, dejando las comodidades de la ciudad se lanza a los pueblos y rancherías para llevar la luz de la educación y sacar del retraso histórico a la población mexicana que vive en el campo. El cine no fue ajeno a este proyecto, películas como “Simitrio” o “El Profe”, de manera directa, pero muchas otras más de manera indirecta, abonarán al tema de la educación.

 

La importancia estratégica e ideológica dada por el estado mexicano a la educación explica también el nacimiento de la “Escuela Normal”, institución especializada en la capacitación de quienes aspiran a la tarea educativa. Este compromiso constitucional trajo sin embargo consecuencias tal vez imprevistas. El estado, que ya era el mayor empleador de la nación, creció enormemente su carácter patronal gracias al rubro “educación pública”, con la secuela de burocracia administrativa, sindicato, infraestructura, capacitación, régimen salarial, prestaciones y presupuestos; un conjunto de extraordinario poderío que llevó a la politización del magisterio; inevitablemente la tarea educativa, factor detonante del proceso, pasará al último plano en innumerables y repetidas ocasiones, junto con los padres de familia, verdaderos aportadores económicos de la llamada educación “gratuita”.

 

Pese a la complejidad del tema, en la mayor parte del país se ha dado una notable apertura del magisterio al planteamiento de nuevos escenarios, a la autocrítica, a la evaluación de resultados globales en la tarea educativa, a una profesionalización del magisterio que garantice su eficacia, sin descuidar un asunto bastante sensible, la adecuada retribución para quienes cumplen con una labor tan exigente y tan difícil.

 

Pero hay excepciones. Los medios de comunicación nos las presentan día y noche; cualquier distraído que comience a ver, sin audio, lo que ocurre en el estado de Guerrero o lo que ha ocurrido en el de Oaxaca, pensaría sin mayor problema que un conjunto enorme de facinerosos, armados con piedras, palos y tubos, los rostros cubiertos para mostrar su cobardía y garantizarse la impunidad, han tomado por asalto carreteras y edificios públicos, destruyendo lo que a todos los mexicanos les ha costado construir, y ocasionando afectaciones a miles de personas que sí trabajan y lo hacen todos los días. Ya con el audio se enterarán de que estos pandilleros se autodenominan “guerrilleros” porque son de Guerrero, así lo gritan; lo que será muy difícil de entender y aceptar es que esa turba violenta y exaltada esté conformada por los educadores de la sociedad mexicana, por lo menos, de la guerrerense, uno de los estados del país con el mayor índice de retraso en todos los campos, con los municipios más pobres de México, y por ende, exportadores de mano de obra barata para todos los rumbos.

 

Si la función magisterial fue mitificada, la educación en sí misma no es un mito, sino condición indispensable para la transmisión del conocimiento, garante de la civilización y del progreso tanto individual como social. Prueba de esta realidad es el papel que la educación ha tenido en el desarrollo de las grandes potencias de la era industrial y cuyo beneficio no se ve solamente en la prosperidad económica, sino en el estilo mismo de ser ciudadanía, en el cuidado del medio ambiente, del mobiliario urbano, de la responsabilidad cívica, en la sensibilidad y corresponsabilidad política, en los altos índices de seguridad, en la salud y la higiene, en el trato y en la forma de afrontar y resolver sus problemas.