ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Este mundo feliz

20 de febrero de 2011

Vivimos tiempos extraños. Llevamos en la memoria el recuerdo de guerras no vividas que gente de otros tiempos hicieron para alcanzar, nos dicen, ideales de justicia y de libertad, de prosperidad y de equidad. Llevamos pues una definición de la lucha social y de la guerra que no coincide con los fines de las luchas sociales y de las guerras que estamos presenciando.

 

Hay una batalla campal cotidiana cuyo objetivo es someter una plaza,  monopolizar la venta de drogas, proteger el libre ejercicio de la delincuencia en el comercio informal, el contrabando, la piratería, el secuestro, el robo de autos, bancos, casas o transeúntes. Nada qué ver con los ideales antiguos de las guerras históricas que tantas estatuas nos han dejado.

 

En contraparte surge en diversos lugares una sostenida lucha social por la paz, es decir, la no violencia, el “Basta de sangre”, el “No a la inseguridad” y a la “Guerra de Calderón”, que podría leerse muy bien como la exigencia de los padres de familia, los organismos económicos, y las universidades, para que “nuestros hijos, mayores o menores de edad, puedan divertirse y drogarse hasta altas horas de la noche sin que nadie los moleste o ponga en peligro su diversión y la nuestra”.

 

El Gobierno federal y estatal por su parte mantiene su guerra tan extraña como la de sus rivales, una guerra en que las fuerzas de seguridad actúan invariablemente como la píldora del día después, es decir, llegan  rápidamente, pero siempre después de los hechos, congestionan la zona, rayan el piso, declaran a los medios tener el cuerpo de “un masculino”, y pasado el susto vuelven todos a sus habituales ocupaciones que no incluyen la vigilancia de los antros, donde consta, ingresan menores de edad y ahí pernoctan, donde dicen se trafican bebidas, drogas y personas, donde bares clausurados siguen funcionando, aunque haya tantos, la mayor parte abiertos con el permiso de las autoridades dispuestas siempre a generar nuevas fuentes de trabajo, como dijeran olvidados alcaldes de la Zona Metropolitana.

 

Y en la periferia de la cloaca, en los márgenes de la cadena productiva y el subempleo, muere ignorado un vendedor de flores, de la ilusión efímera del color y del aroma, en este mundo feliz que se ha vuelto trágico y envolvente.

 

Las guerras y las luchas sociales continúan, pero en la medida que sigan empeñadas en atacar exclusivamente los efectos y no las causas, seguirán siendo guerras perdidas, donde los triunfadores serán siempre las mafias que no tienen que pagar gastos funerarios, ni seguros de vida, ni indemnizaciones a sus gatilleros o a sus familiares, en tanto la sociedad ha de pagarlo todo, incluidas las bajas en las fuerzas de seguridad, y lo hace porque al parecer lo que busca es mantener este nuevo estilo de vida enervada  y extrema, sin presente ni futuro.