ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Ética y Democracia

15 de noviembre de 2009

La democracia es un sistema político bastante vulnerable, particularmente cuando se establece para regir la vida de comunidades humanas masivas. Esta vulnerabilidad surge de la complejidad de los procesos políticos y las rutas que se siguen para la toma de decisiones, pues se hallan atravesados por una increíble serie de intermediaciones donde la voluntad popular, ya de por sí delegada, queda prácticamente anulada.

 

Cuando se advierte que la obtención de beneficios a cargo del sistema, supone obtener la mayoría de votos, el objetivo es entonces alcanzar esa mayoría por caminos que van de lo primitivo a lo sofisticado, de lo honesto a lo deshonesto. México ha conocido esos caminos de lado a lado y sigue a la vanguardia en la perpetración de nuevas formas de lograr triunfos electorales, reformas, e imposición de decisiones cada vez más impecables pero igualmente deshonestas. Ciertamente nunca llegamos al extremo de legitimar constitucionalmente el robo o el embarazo de las urnas, la compra de votos, su alteración o destrucción, pero sí se han creado mecanismos legales para que los políticos gocen de impunidad, se adjudiquen sueldos y prestaciones que ninguna reforma impositaria podrá saldar, y se salgan siempre con la suya a la hora de imponer sus caprichos a la ciudadanía.

 

La consolidación de una infinidad de grupos de poder de todas las marcas, tipos y sentidos como capital electoral, constituye otra de las graves limitaciones del sistema democrático. Independientemente de que actúen por una causa justa o injusta, su existencia misma demuestra la debilidad del sistema, puesto que los hace necesarios para lograr sus metas, o las metas de quienes los dirigen y manipulan, ejercicio al que se sujetan incluso conscientemente sus integrantes, pues en ello les va algún beneficio difícil de alcanzar por los caminos de la trasparencia.

 

Desde luego que la ciudadanía requiere de información, de conocer propuestas y proyectos, sus alcances y costos, pero cuando esta información se convierte en mercadotecnia, es decir, en tácticas para seducir, la calidad de la información se desvirtúa, entrando al sistema democrático un nuevo factor de complejidad y debilitamiento.

 

Que nuestros representantes dejen de serlo y en su lugar nos sustituyan, defraudando el mandato que la comunidad les otorga, y usen el poder que les dimos, para ponerse al servicio de otros intereses ajenos a los nuestros, es una realidad que muestra cómo una democracia sin ética se transforma en la peor de las trampas para una sociedad indefensa.

 

La ética es entonces un valor fundamental para la democracia, pues aporta valores tales como la honestidad, veracidad, justicia, equidad, responsabilidad y tantos otros hoy ausentes en un alto porcentaje de nuestros políticos.

 

El voto de diputados federales de Jalisco de todos los partidos por el alza de impuestos, en contra de la voluntad social, es un aspecto más de esta realidad, una nueva confirmación de la ausencia de ética en el ejercicio de la democracia. El voto ciudadano sigue siendo un cheque en blanco que los elegidos llenan no sólo a su parecer, sino con cínica deshonestidad.