ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Fallida lucha antinarco

30 de enero de 2011

El narcotráfico es delito que se persigue de oficio, con o sin guerra. El consumo de narcóticos es otro asunto, pues se ubica en la imperceptible frontera entre el derecho individual y la responsabilidad social.

 

En pasados días el rector de la UNAM expresaba la importancia de combatir el consumo más que al tráfico de drogas, y abordaba el tema del consumo desde explicaciones económico culturales, estableciendo que solamente la promoción de la educación y de la cultura, de los valores cívicos y de mejores condiciones de vida, puede abatir estas adicciones, proceso al que el propio rector llamaba “utopía realizable”.

 

El planteamiento es bien conocido, a la vez que desmentido desde el ejemplo de sociedades adictas a las drogas con elevado nivel educativo, cívico y económico. Desde el análisis arriba señalado pareciera que solamente los pobres, los ignorantes e incivilizados consumen enervantes, visión evidentemente parcial y reductiva que revela un nivel de acercamiento a la realidad muy deficiente.

 

El fenómeno del consumo desbordado de drogas habría que entenderlo desde una perspectiva  más amplia: el cambio de paradigmas en la sociedad contemporánea que ha llevado a la instalación de nuevas jerarquías de valores, es decir, nuevas maneras de entender el sentido de la vida, y por lo tanto nuevas metas y medios para vivir de esa manera. Este nuevo paradigma exige vivir la vida, y vivirla ahora, con el máximo de intensidad posible; para muchos, este objetivo se logra solamente con la ayuda de poderosos estimulantes. Desde el momento en que el conjunto de la sociedad asume que vivir así es la única forma real de vivir, toda la maquinaria cultural se ajusta a esa demanda: comerciales, espectáculos, antros, casinos, medios de comunicación, películas, novelas, impresos, canciones, todo apropiadamente lubricado por las drogas legales y las ilegales, que ofrecen intensificar la sensación y la duración de la sensación hasta niveles no imaginados y por tiempos prolongados. A esta danza frenética entra todo mundo, no solamente los pobres, los ignorantes y los incivilizados, aun cuando bailar este baile no exija para todos el consumir drogas; lo importante y definidor es sin embargo el nuevo paradigma de vida que poco o nada quiere saber sobre valores cívicos o patriotismo, o si lo sabe y lo asume, eso no le impide seguirse drogando, con polvo de la mejor calidad si se es rico y educado, o polvo barato si se es pobre e ignorante.

 

Desde este escenario, legalizar las drogas, liberar a Kalimba, despenalizar la corrupción de menores, tener antros de 24 horas, y muchas cosas más no son sino la consecuencia natural y congruente de este paradigma de sociedad secular y globalizada. El problema es la magnitud imprevista de los daños colaterales que advertimos y experimentamos, los cuales muestran proverbialmente el fracaso no del Estado, sino de esta sociedad  horizontal y ¿cívica?