ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Fariseísmo secular

10 de junio de 2012

El concepto “fariseísmo” arranca del mundo cristiano que gracias a los deliciosos comentarios de los evangelistas, identificó más que a las personas, el tipo de personalidad que representaban. Se trata de gente no solamente religiosa sino con una alta autoestima de su condición moral, sólo que asumida de manera excluyente y discriminatoria de los demás. Los buenos somos nosotros, el resto arderá en los infiernos.

 

El fariseísmo representa aquella clase de personas que hacen de la rectitud moral no solamente un objetivo alcanzable en el futuro, sino ahora mismo, lo cual logran con base a dos posibilidades: fingen ser lo que no son, actitud denunciada por Jesús con la frase “sepulcros blanqueados”, o bien, subvierten la jerarquía de los mandamientos, dando el primer sitio a los que son secundarios, y un lugar marginal a los principales, lo que Jesús denuncia diciendo: “cuelan el mosquito pero se tragan al camello”. Los fariseos, generalizando, serán aquellos que por amor a Dios se dan permiso de asesinar al ser humano, así se trate de la mujer adúltera o del propio Mesías, al que tan mala fama pública le dieron; hay que añadir: para el fariseo la difamación no era pecado, sino obligación de estado.

 

Este fariseísmo en ocasiones tan vivo y tan presente en el mundo religioso lo vemos ahora calcado en el mundo secularizado de nuestros tiempos, particularmente en la facilidad con la cual los partidos políticos se escandalizan, se rasgan las vestiduras y se azotan contra el piso, por la corrupción, los malos manejos, las mentiras, fraudes, manipulaciones y chantajes que cometen todos los demás partidos, olvidando que en eso mismo que delatan, es en lo que siempre se han movido. Los candidatos emanados directa o indirectamente de los partidos hacen exactamente lo mismo, señalando a los adversarios como cómplices de la delincuencia, hijos del dedazo, vendidos a los grupos de poder, y títeres del imperialismo, añadiendo con igual contundencia que ellos en cambio no son así.

 

A estas alturas de las campañas electorales habría que admitir que todos los candidatos están diciendo la verdad cuando denostan a sus contrincantes, aceptación que nos llevaría a concluir que verdaderamente ninguno de ellos tiene el perfil adecuado a las necesidades del país y de los estados. ¿Solución? Reformar profunda y radicalmente el sistema democrático mexicano, superar la democracia de partidos, visto que los partidos son incapaces de una genuina regeneración, provocar una reingeniería de las instituciones electorales de tal manera que sean las supremas calificadoras que dan o niegan el pase a toda persona que pretenda ser candidato a tenor de perfiles no negociables, con absoluto respeto a la ley, y la evaluación periódica de los funcionarios, lo cual supone depurar los órganos responsables de impartir justicia desterrando la impunidad. ¿Dificultad? Que este deber de las Cámaras legislativas está en manos de personas beneficiadas con el sistema e ineptas para modificarlo ¿nuevos caminos? Una urgente, sostenida y vigilada ciudadanización capaz de movilizarse de tal forma y manera que la reforma sea un hecho, no una promesa siempre pospuesta.