ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Fin de temporada

24 de junio de 2012

Concluye otra temporada de campañas electorales; como cuando va uno al teatro, luego de haber visto ya varias veces la misma obra, se impone sacar conclusiones.

 

Cambiaron los personajes, se modificó el discurso y la mercadotecnia, pero la clave de las campañas se mantiene: ofrecer, prometer, ilusionar, que de igual modo se traduce por engatusar, confundir, engañar. La clave funciona o porque la precariedad de la sociedad se mantiene inalterada, o porque quienes a pesar del Gobierno logran progresar, no quieren perder sus logros, todos somos precarios en más de una manera.

 

Las ideologías heridas de muerte por el ocaso de la modernidad, han sido rematadas por el olfato oportunista del “político” mexicano; más que la urgencia de servir al pueblo, lo que se advierte es la urgencia de conquistar un empleo millonario que dé garantías de un futuro bastante bien asegurado.

 

La tramoya del conjunto sigue oculta, por eso las leyendas crecen y se abultan. Atrás de los candidatos de todo y para todo están los grupos de poder que tejieron la trama, que fueron preparando a los elegidos, que los financian, que los triangulan desde dentro y desde fuera del país, que fueron sacando provecho en el entretanto, que se repartieron canonjías de todo tipo y dispusieron del dinero ajeno con prodigalidad.

 

La expectativa de la verdad, de los valores y los principios, de lo bueno y lo justo, de lo legal, de lo equitativo, del respeto irrestricto a la ley, volvieron a ser solamente parte de una estrategia verbal, ya que los antecedentes mediatos e inmediatos de los pregoneros declaraban y auguraban precisamente lo contrario.

 

Alentar la confusión social siguió siendo una poderosa arma electoral. Las denuncias ciertas o falsas se volvieron invariablemente “guerra sucia” y “provocación”, todos se sentían espiados y todos espiaban, la “inteligencia policial” incapaz de dar con los delincuentes, daba muy bien con la vida privada del contrincante, calumniar y difamar dejó de ser delito para convertirse en instrumento.

 

Una vez más se consumó el crimen nacional del saqueo de las arcas públicas a favor de un sistema político podrido. Se volvieron a financiar partidos, candidatos y campañas con el dinero de la sociedad, dinero tirado a la calle por cientos de miles, también en comilonas, obsequios interesados, hoteles de lujo, transportes blindados, miles de asesores y hasta cocineros particulares.

 

Todo este dispendio para seguir manteniendo una nómina burocrática tan excesivamente cara como inútil, por los siguientes tres o seis años, o dos y cinco, a tenor de las ambiciones nunca saciadas de los “políticos” mexicanos, siempre dispuestos a dejar un trapecio en cuanto agarran otro “mejor”.

 

Hubo sorpresas: el despertar inesperado y abrupto de innumerables jóvenes, a quienes se creía alienados por la tecnología. La sospechosa distancia de la delincuencia organizada con relación a las campañas. La intromisión disfrazada de países tan lejanos como Inglaterra o Chile. El genial manejo del pasado como negación de la memoria a fin de que los muertos vivan de nuevo. El “volantazo” conciliador de una izquierda siempre agresiva. La entronización del poder mediático ahora no sólo como difusor sino como productor de candidaturas. La fragmentación estrepitosa de las derechas a causa de su propia izquierda. La sorpresa final puede ocurrir en ocho días.