ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Futuro incierto

4 de octubre de 2015

Los cambios de partido en el poder generan siempre enormes expectativas, unas son razonablemente realizables y otras son ajenas a la realidad.

 

Como es muy probable que los nuevos alcaldes de la Zona Metropolitana lo sean solamente por dos años, el que puedan en ese brevísimo lapso cumplir incluso las expectativas más razonables resulta un verdadero reto.

 

La función básica de los alcaldes es administrar de tal manera sus municipios que la seguridad y los servicios públicos sean de primer nivel; si toda la nómina y todas las dependencias municipales se redujeran a la satisfacción de estas necesidades bastaba y sobraba, pero la costumbre corrupta de pagar con empleo a parientes y simpatizantes ha hecho que dependencias y nómina hayan crecido de manera exponencial en las últimas décadas innovando todo tipo de servicios, la mayoría de ellos innecesarios o por lo menos no prioritarios, que ni siquiera son atendidos, toda vez que se inventaron sólo para pagar cuotas.

 

La tarjeta de despedida que dejaron los anteriores alcaldes en la Zona Metropolitana de Guadalajara fue funesta: calles y banquetas destruidas, ausencia de nomenclaturas, semáforos ajenos a la menor sincronización, fallas del alumbrado público por todas partes, deterioro del mobiliario urbano, espacios verdes en ruinas, delincuencia desbordada, ausencia de autoridad y liderazgo, anarquía en la conducta ciudadana, un Centro Histórico sin abordaje efectivo, una ciudad dejada a su suerte, cuya expresión más evidente son las zonas de guerra donde se construye la Línea 3 del tren ligero, cuyos efectos colaterales nadie parece haber previsto ni mucho menos enfrentado con inteligencia y prontitud.

 

A esta falla sustancial en el deber propio de los municipios se añaden los daños ocultos: las basificaciones amañadas, las nóminas infladas, el endeudamiento, la continuada práctica de la corrupción que vuelve corruptos a tantos servidores públicos que probablemente se quedarán en sus puestos para seguir haciendo nada, y la inveterada y perversa práctica de usar la alcaldía de Guadalajara sólo como trampolín para la gubernatura, cuando el trienio lo favorece, con todo el desastre administrativo y financiero que eso supone.

 

Limpiar los municipios es hoy la tarea más urgente, no de dinero, que eso ya lo han hecho todos. No se trata sólo de reducir la nómina, limpiar significa hoy eliminar dependencias duplicadas, direcciones, subdirecciones, comités, comisiones, y cuanto en el pasado fueron capaces de imaginar y de cuya existencia la ciudadanía ignora hasta el nombre. Para lograr esta meta no se requiere de presupuesto, sino de una legislación adecuada que lejos de indemnizar, incluso multe y penalice a los “aviadores” y a cuantos fueron cómplices de estos desfalcos institucionalizados; se requiere voluntad política; más que declaraciones contundentes, hechos contundentes.

 

Reconstruir la Zona Metropolitana de Guadalajara exige además la involucración de la ciudadanía, conscientes de que en este momento el gobierno y los recursos son insuficientes, se hace necesaria una mayor participación con trabajo y con recursos, propuesta que supone un compromiso serio de los nuevos alcaldes de no incurrir en las mismas prácticas depredadoras, sanear por completo la administración y cerrarla a futuros nuevos malos manejos.