ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Generación perdida

31 de julio de 2011

Gertrude Stein fue la primera persona que habló de una “generación perdida” refiriéndose a la sociedad joven de entre guerras, y de particular manera a su producción literaria, caracterizada por la depresión anímica y económica que siguió a la Primera Guerra Mundial. El frenético deseo por evadirse, el colapso de la economía mundial y sus efectos, la desilusión acerca de la misma condición humana, y toda una serie de ingredientes cuyo común denominador acabó siendo el desinterés de todo y por todo. En ese caldo se cultivó la Segunda Guerra Mundial, pues cuando todo mundo se desinteresa, es cuando surgen los intereses más devastadores.

Nuestro presente es muy similar a ese pasado no tan lejano. Incerteza social, crisis de los modelos y de los valores, de las creencias y de las ideologías, inestabilidad económica y familiar, experiencia de vacío, ausencia de destino, confusión. Las nuevas generaciones en efecto viven esta experiencia cotidiana y la socializan a través de sus nuevas y diversas formas de comunicación. A la fecha ninguna institución educativa, ni la familia, ni la religión, ni la escuela, han podido hacer frente a esta realidad; en ocasiones hasta pareciera que no la advierten o simplemente se suman a los hechos consumados.

Contemporáneamente y acaso como parte de esa búsqueda de evasión, el crecimiento de la violencia es alarmante. Hoy día la misma escuela, ya desde la primaria, se ha vuelto un campo de iniciación y de experimentación de la agresividad, del desquite y del desahogo. La permanente frustración de la vida familiar, el impacto lúdico de los juegos electrónicos, la mercadotecnia de la delincuencia y de sus portavoces, los medios de comunicación, todo lleva a escenarios más conflictivos. Y mientras niños y adolescentes se golpean y graban en celulares sus “hazañas”, los jóvenes, en un alto porcentaje, se enrolan en pandillas, en cuadros delictivos, o se evaden en fiestas pesadas, antros o adicciones. Los adultos por su parte, es decir, quienes ya han rebasado los 26 años sin llegar aún a los 50, construyen un mundo ajeno, diverso, concentrado en la búsqueda de bienes materiales, cada vez más captados por la seducción del individualismo, ajenos a todo compromiso serio con persona alguna, ya que todo mundo tiene derechos y ya casi nadie tiene obligaciones.

Inevitablemente este tipo de sociedad perdida no representa ninguna amenaza para el sector político y sí la gran oportunidad de poder hacerse del poder y seguirlo ejerciendo sin que a nadie le importe, por más que todos deban aportar su trabajo y dinero para el sostenimiento de esas gavillas de oportunistas que, por su parte, no andan nada perdidos.

La paradoja resultante es evidente, las generaciones mayores de 50 años son hoy día más jóvenes que las menores, en la medida que siguen socialmente interesadas en la transformación de la realidad y lo creen posible y obligado.