ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Generaciones

11 de octubre de 2009

Una tradición es un puerto de acceso por medio del cual nos podemos conectar a un universo infinito de tiempo y espacio. No me refiero a las tradiciones artificialmente reproducidas como una evocación de lo que fue y ya no es, sino a las tradiciones vivas, esas costumbres que al mantenerse vigentes siguen floreciendo desde el mismo tronco que las originó.

 

Una tradición es entonces un enlazamiento de generaciones que traspasa las fronteras del tiempo, es un canal vital, un conductor de energía que surgido en algún momento remoto del pasado sigue transmitiendo su luminosidad hasta irrumpir en el presente.

 

La tradición es igualmente una estructura de sentido que da significado a la sociedad, le habla de su trayectoria y a la vez de sus expectativas, le habla de permanencia, le da garantías de identidad, es un espejo en el que se mira y se reconoce.

 

La llevada de la Virgen nació como expresión del espíritu tapatío que por entonces se consolidaba, expresión de gratitud, de solidaridad, del gusto por caminar juntos, sin barreras ni distinciones, en torno a una pequeña imagen que mantenía su conexión con los orígenes y les daba certezas de futuro. La imagen mariana era la memoria histórica de una conciliación exitosa entre grupos de gentes de aquí y de allá, que las circunstancias del tiempo congregaron en el anchuroso valle de Atemajac; razas y grupos que descubrieron la gran ventaja de la unidad a favor de alcanzar objetivos concretos de progreso y de vida.

 

Y en ese caminar anual que enlaza Guadalajara, la ciudad española, con Zapopan, la villa indígena, se han ido forjando nuevas tradiciones, nuevas formas de expresar las emociones contenidas, las esperanzas y los temores, revistiéndolo todo de color, de música, de danza y alegría. Hay una enorme diferencia entre un desfile al cual la gente va a ver, y la llevada de la Virgen a la cual la gente va a participar, nadie va por un salario, ni para ser vistos por los asistentes, es un acto multitudinario convocado por la creencia, la emoción y la experiencia de vida de muchas generaciones, en varios siglos, en varias épocas, en un mismo espacio, con el sólo fin de agradecerle a la Virgen, de pedirle que siga haciendo lo que ha hecho siempre, pedir a favor de los demás, como hiciera Abraham o Moisés, como lo hiciera ella misma en las bodas de Caná.

 

Y en torno a la tradición tricentenaria, el mundo de hoy, diverso y disperso, curioso o ajeno, tentado o lejano, que quiere y no quiere entender el mensaje, que quisiera y no quisiera conectarse a este puerto de energía, de emotividad y valores solidarios. Un mundo de inmigrantes que no acaban por integrarse, o un mundo de nativos ya desintegrados que aprovecharon el “puente”, y en medio de unos y otros, el paso de la tradición renovada, apenas un niño de tres años sobre los hombros de su padre, que lleva del brazo a la abuela, y a la familia toda de cinco siglos.