ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Gracias, México

25 de septiembre de 2011

Detrás de la densa nube de humo y fuego que va dejando la oleada de violencia sobre la nación mexicana, van emergiendo siluetas que a primera vista no se advertían;  una de ellas se refiere al fenómeno de las corrientes migratorias. Desde hace bastantes años los migrantes centroamericanos identificaron y consolidaron rutas mexicanas de comunicación entre sus países y los Estados Unidos de Norteamérica; otro tanto hicieron los por entonces llamados “traficantes de braseros”, que ya por los años cincuenta del siglo XX pululaban y eran perseguidos por la justicia. Aquellos traficantes eran en realidad facilitadores del tránsito que cobraban sus servicios y cumplían por lo general su cometido.

Al incrementarse muy significativamente estas corrientes de migración, en buena parte como consecuencia de la imposición del neocapitalismo liberal y de la violencia guerrillera sobre todo en Centroamérica, creció igualmente la demanda de los ahora llamados “polleros”; también su depravación hasta acabar siendo verdaderos criminales dedicados a asaltar, secuestrar, reclutar y asesinar a los migrantes a tal punto que las rutas migratorias se han debilitado y con ello las corrientes de paso a los Estados Unidos. Indudablemente estos grupos criminales han prestado un servicio positivo a nuestros vecinos del Norte, que con todo y muro de “Berlín”, patrullas fronterizas, cazadores texanos, leyes discriminatorias, y tantas cosas más, no habían logrado frenar la inmigración.

En el entretanto la delincuencia organizada se convirtió en delincuencia militarizada por diversos factores, incluyendo el hecho de que algunos desertores de nuestro Ejército comenzaron a liderar y a fundar nuevas células delincuenciales, transfiriéndoles el entrenamiento por ellos recibido y aumentando extraordinariamente la demanda de equipos sofisticados y armas de alto potencial y alcance. Nuevamente numerosos vecinos del Norte se vieron muy favorecidos por el incremento en la venta de armas, máxime cuando sectores de su mismo Gobierno estimulaban este comercio, una y otra vez favorecido en la medida que la violencia no da señales de acabar. Tenemos que señalar que ninguno de estos hechos, por otra parte, ha frenado el ingreso de drogas, de lo contrario ya el ávido mercado estadounidense habría reaccionado.

Inseguridad, epidemias extrañas de difícil pronunciación hasta para la “maestra”, y recomendaciones al turismo norteamericano sobre la peligrosidad de viajar a ciertas regiones de México, unidos al control del cambio de dólares, ahuyentaron efectivamente a los turistas de aquel lado, quienes, dado su perfil económico, prefirieron vacacionar en su propio país, favoreciendo nuevamente sus intereses.

Finalmente, el que la casi totalidad de la banca mexicana esté en manos de grupos financieros norteamericanos, felices de extorsionar legalmente a sus usuarios, no ha impedido la depreciación del peso, al contrario, parece que la favorece; la debilidad del dólar nunca ha significado la fortaleza del peso, como sí sucede en la relación dólar-euro. Indudablemente hay un poderoso país en este mundo que tiene numerosas razones para decirnos: “Gracias, México”.