ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Guadalajara, Mich.

15 de febrero de 2015

Guadalajara se fundó hace 473 años, y pronto se convirtió en la ciudad capital del reino de la Nueva Galicia y sede de Audiencia, para ser luego, a partir de 1821, la capital del Estado libre y soberano de Jalisco.

 

Pero libertad y soberanía pueden quedar solamente en hermosos títulos, cuando las condiciones de la realidad convierten a sus habitantes en reos de poderes ocultos que sobrepasan en autoridad y fuerza a los poderes establecidos. En el momento actual lo que más pesa sobre la conciencia ciudadana es la inseguridad, ante la cual el discurso oficial del gobierno parece lejano y del todo ajeno a la experiencia cotidiana de la gente. No puede haber bienestar para nuestras familias, sin seguridad.

 

Este hecho patente ha gravado aún más la vulnerabilidad del gobierno frente a la opinión pública. De un gobierno incompetente para acabar con la delincuencia, organizada o desorganizada, se transita al concepto de un gobierno cómplice de la misma delincuencia en sus diversos niveles, de donde el tema de la inseguridad se conecta con el tema de la corrupción. Dentro de las mismas estructuras de gobierno existe delincuencia desde el momento en que muchos de sus empleados son sometidos a chantaje por sus propios jefes.

 

Por otro lado, la desigualdad creciente entre pobres y ricos se constituye en el verdadero origen del comercio informal, del ambulantaje y de la escalada de delitos que no forman parte del crimen organizado, causas y efectos que sólo se resuelven con una visión de conjunto, audaz y revolucionaria que armonice a toda la comunidad para enfrentar el hecho de la mucha gente y los pocos recursos.

 

La lista interminable de asaltos a negocios de todo tipo, en especial, restaurantes y bares, lo mismo puede ser delincuencia común, que estrategia para obligar a los dueños a pagar piso, o a permitir el libre tráfico de enervantes en sus establecimientos, lo cual nos inscribiría en la lista de las ciudades mexicanas sometidas a estos nuevos amos, y que arruinaron las economías de estados como Michoacán, Tamaulipas, Nuevo León, Morelos, y Guerrero, frente a la incapacidad o complicidad de los gobiernos establecidos.

 

La Guadalajara de años anteriores, la ciudad de puertas abiertas, se está convirtiendo en la Guadalajara de puertas con tres chapas y candados, cercas electrificadas, cámaras de vigilancia, sistemas de seguridad, trancas improvisadas, vigilantes privados, luces encendidas día y noche, letreros de “te estamos vigilando”, cotos infinitos, y una impresionante desconfianza social, toda vez que la impunidad y la incapacidad de la autoridad ha sido un cheque en blanco para que buena parte de la ciudadanía se dedique a robar, defraudar, chantajear, secuestrar o asesinar impunemente. Antes se desconfiaba solamente de la policía, ahora se desconfía del repartidor de agua, del electricista, del jardinero, del empleado doméstico; también de los amigos de los hijos o del vecino de al lado.

 

Esta realidad repetitiva provoca que en delante todo gobierno sea evaluado por su capacidad, limpieza, y eficacia a la hora de combatir la inseguridad, es ahí donde la ciudadanía espera resultados y no llegan.