ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Guadalajara sitiada

9 de mayo de 2010

Constantinopla fue por 10 siglos el emporio de la cultura, de los mercados, de los negocios y las finanzas, sin comparación  con ninguna otra ciudad de Europa o de Asia Menor. Pero desde el siglo XIII comenzó a ser lenta pero permanentemente acorralada por el poderío musulmán. Le fueron cerrando el cerco arrebatándole sus territorios hasta reducirla a una ciudad-Estado apenas protegida por sus poderosas murallas. En el siglo XV la pólvora hizo el resto.

 

Guadalajara experimenta hoy día esa misma ansiedad, ese temor acechante de ver como cada día le van estrechando el cerco. Observamos como algo muy lejano lo que ocurría en Ciudad Juárez, algo sabíamos de la cadena de sucesos trágicos en Villahermosa, nos alarmó que algo similar pudiera suceder nada menos que en Monterrey, y advertimos un grave riesgo cuando Michoacán se volvió intransitable y su misma capital, peligrosa. Después vino el ataque a Lagos de Moreno, las balaceras cada vez más constantes en la región de Tequila–Magdalena, el zafarrancho en la Zona Norte, redes de chantaje en las zonas serranas, los secuestros y asesinatos por Autlán, los granadazos en pleno Centro de Guadalajara o el rumor de presencias fortalecidas, temibles e indeseables, por el rumbo de san Cristóbal de la Barranca.

 

Sabemos que todo este aparato terrorista es parte de la estrategia delincuencial, es la forma de intimidar a la sociedad para que se sujete a las nuevas normas que se pretende imponer desde una estructura de poder criminal que exige tributación ciudadana. En el amplio marco de esta ominosa realidad se dispara la delincuencia informal generándose una percepción social de inseguridad permanente, de riesgo a cualquier hora del día y en cualquier zona de la ciudad.

 

Ciertamente la Policía hace su esfuerzo arriesgando la vida por un salario mediocre, sin que falten las complicidades y las corruptelas. Lo mismo haría, en su caso, el Ejército Mexicano, desde luego con un mayor grado de capacidad operativa, de inteligencia y fuerza, pero probablemente los resultados seguirían siendo magros, pues la causa de todas las causas no se elimina abatiendo los efectos, sino sanando la raíz. Seguramente que una campaña de alto impacto para prevenir el uso de las drogas y suprimir su consumo, por muy costosa que pudiera ser, nunca lo sería tanto como lo está siendo la realidad que vivimos a causa de la adicción social a los enervantes.

 

Una campaña de alto impacto involucraría inexcusablemente a todas las estructuras de la sociedad sin excepción, tendría que ser de larga duración, versátil, creativa, propositiva, apoyada por otra serie de medidas que garantizaran su eficacia, sin dejar por ello de perseguir el delito como tal, sólo que un movimiento de tal magnitud requiere por principio de cuentas, voluntad política, y hoy día, no sabemos ya si en verdad la hay.