ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Guerrero seguro

22 de enero de 2012

Si la publicidad bastara para solucionar los problemas o alcanzar las metas deseadas, no solamente Guerrero sino todo el país sería un lugar seguro. La realidad es distinta y mucho preocupa a la gente que trabaja honestamente saber si en este momento hay algún Estado verdaderamente seguro en México.

 

Desde luego Guerrero no. La naturaleza dotó a este Estado de un litoral extenso con un puerto natural, bahía y playas envidiables. Bajo el Gobierno del presidente Alemán, Acapulco fue de algún modo desmembrado de Guerrero y entregado a los grandes capitalistas que lo convirtieron en un extraordinario polo de desarrollo turístico sin que esta riqueza beneficiara al resto del Estado, que sigue siendo uno de los más pobres del país. Su misma condición social explica el rezago educativo y el hecho verídico de que su escuela normal no sea sino un reflejo más de su postración cultural, reflejada luego en la baja calidad de su magisterio. Mestizos y etnias guerrerenses no tuvieron otra opción que dedicarse a la servidumbre. Otros comenzaron a producir enervantes aprovechando las tierras accidentadas de la sierra sin que faltaran los delincuentes comunes eventualmente protegidos por la Policía.

 

Pero la realidad no es estática, siempre está en constante movimiento, lo bueno y lo malo no dejan de crecer en tamaño y complejidad. Cuando surgieron en México organismos delincuenciales militarizados, es decir, con estrategias organizativas de última generación, esquemas de reclutamiento profesional, capacitación efectiva, abundante y sofisticado armamento, tecnología de comunicación y liderazgos diversificados, el Estado de Guerrero fue presa fácil; ahora hasta la misma Policía, antes protectora ocasional de delincuentes o con elementos que eran delincuentes ellos mismos, se ve necesitada de acudir a la protección de las grandes mafias para seguir delinquiendo en su nivel.

 

Las clases medias de Guerrero resienten seguramente más esta realidad, se trate de comerciantes, agricultores o profesionistas, para quienes ya ni la autopista es un medio de comunicación seguro, muchísimo menos los caminos vecinales. Perder el vehículo a mitad del camino es lo de menos, se teme el trato intimidante, la violencia que se ejerce, el riesgo de perder la vida, y la percepción de saberse todo el tiempo vigilados por los agentes más inocuos.

 

Acapulco mismo ha experimentado el efecto de esta situación que agrava su ya anterior abandono, donde la modernidad y la riqueza parecieran alejarse cada vez más del puerto, buscando la Costa del Sur y dejando el Acapulco tradicional abandonado a su suerte, pero de algún modo conectado por la costera “Miguel Alemán”, escaparate de los contrastes más hirientes, de enormes hoteles y edificios de apartamentos a todo lujo, y paseantes ostentosos, aparador donde los pobres ven todo lo que no pueden tener a menos que decidan enrolarse en la delincuencia, cualquiera sea el nivel o la función, y por supuesto, muchos lo hacen. Lamentablemente es el escenario de muchos estados mexicanos.