ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Honestidad

17 de febrero de 2013

En la lengua coloquial honestidad y honradez suelen manejarse como sinónimos, sin embargo honestidad es un término de mucha mayor amplitud, si entendemos la honradez como el valor que lleva a no robar las cosas ajenas. En ese caso la honestidad supone en principio una conducta ética que implica la congruencia entre lo que se piensa y lo que se hace o se dice. Vivir con honestidad significaría actuar con un alto nivel de respeto, responsabilidad, discreción, veracidad y justicia en relación con los demás, pero también en relación consigo mismo.

 

La honestidad no es por cierto la virtud más destacada en la sociedad mexicana, como sí lo es, por ejemplo, la generosidad o la solidaridad ante situaciones límite. Somos deshonestos desde el momento en que pensamos que el fin justifica los medios, y sobre todo, cuando el fin deseado acaba siendo única y exclusivamente el propio provecho o la propia satisfacción, así se disfrace de los pretextos más altruistas, y suponga en contraparte el perjuicio ajeno.

 

Por lo mismo, la reciente renuncia del papa Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia Católica es ante todo y por encima de todo, una extraordinaria enseñanza de honestidad. Es decir, estamos ante el singular ejemplo de un hombre que se advierte ya limitado por la edad y sus secuelas, para seguir guiando a la gran comunidad católica, y por lo mismo, y pese a lo que personalmente pueda suponer la renuncia, la asume con valor y congruencia. No es nada común, por lo general las personas situadas en posiciones de mando, así sea mínimo, tienden a prolongarse cuanto pueden en el cargo, así se afecten estructuras y resultados.

 

Si en nuestro país se siguiera este notable ejemplo muy distinta sería nuestra suerte. En primer lugar, por un mínimo de honestidad, muchas personas que ostentan elevados cargos, jamás los habrían aceptado ni mucho menos buscado, si, con sinceridad, conocieran y aceptaran sus evidentes limitaciones. Con demasiada frecuencia sucede todo lo opuesto, a la hora de perseguir promociones y puestos, en lo menos que se piensa es en si se tendrá la capacidad, el perfil, la experiencia que el cargo requiere, lo que importa es alcanzarlo, y lo hacen con la más descarada deshonestidad, cosa que tampoco les quita el sueño, porque dirán, así hace todo mundo. Por si fuera poco, muchos asumen tales responsabilidades pretextando las más nobles y altruistas razones, actitud que añade a la deshonestidad de base, hipocresía de forma.

 

Benedicto XVI no se va huyendo de problemas, polémicas o crisis, de ser así, tampoco habría aceptado su elección como Pontífice, ya que todas estas realidades existían ya desde antes. Tampoco lo hace ante una situación grave de conflicto, como fue el caso de Gregorio XII, quien renunció en 1415 para favorecer la unidad de la Iglesia, ni mucho menos por manifiesta incapacidad, lo cual ocurrió a Celestino V, quién por esta explícita razón, dimitió 5 meses después de su elección. Benedicto XVI se va porque su edad ya no le permite seguir haciendo el buen papel que venía desarrollando como líder de la cristiandad, y porque además las facturas de la edad pondrían a la institución en el riesgo de someterse a mandos alternos pero no explícitos.