ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Identidad y política

7 de junio de 2009

Hace ya algunos trienios el candidato panista a la alcaldía de Guadalajara en ese momento, hizo del tema “identidad histórica” una de sus promesas de campaña, asunto relevante ya que el candidato no era originario de esta ciudad, pero al parecer tenía la suficiente sensibilidad para advertir la importancia del tema.

 

El asunto sigue abierto figure o no en las ofertas de los actuales candidatos, y se le suele hallar en diversas agendas, desde el proyecto de la gran Alianza por Jalisco, o el de Guadalajara 2020, o el del Consejo de la Crónica, pero se mantiene como un punto pendiente y desde luego, discutible.

 

La preocupación por la identidad social se venía considerando por diversos autores posmodernos como algo prehistórico, en su lugar se veía boyante una nueva identidad humana de corte global, nadie es de ninguna parte, todos somos del planeta Tierra, en otras palabras, se apoyaba un proyecto humano que en las ciencias físicas resulta desastroso: la igualación de la energía, o entropía.

 

No podemos pensar que en las realidades sociales la igualación de las identidades en una identidad de tamaño macro sea menos desastrosa, no obstante ocurre todos los días, y no pocas autoridades políticas, ajenas por completo a la complejidad de este tipo de fenómenos, se van por las amplias avenidas de la moda y van tomando decisiones cuya trascendencia ignoran de manera irresponsable.

 

Ya desde el sexenio del licenciado Salinas de Gortari se sintió en México el impacto de los chicos de la nueva  onda, con rimbombantes títulos de prestigiosas universidades de dentro y fuera del país; los soltaron por todos los diversos campos de la administración pública para hacer del país un campo donde experimentar las nuevas tecnologías informáticas, teorías sociales, esquemas financieros de última generación, propuestas culturales por lo menos exóticas, y un sin fin de curiosidades por lo común expuestas con el candor típico de quienes creen saber ya todo.

 

Guadalajara no fue la excepción, las turbas de los nuevos talentos se han filtrado por todas partes con la sorpresa de que a la novedad siempre valiosa de sus conocimientos, no iba aparejada la capacidad de escuchar, de aprender de la experiencia de los demás, de sensibilizarse ante una sociedad constituida por diversos estratos y mentalidades.

 

Entre las peores cosas del repertorio que exhibían las nuevas camadas de tecnócratas globales, hay que señalar su carencia de identidad regional, su indiferencia ante el patrimonio histórico, su vacío de conciencia social, su ignorancia de la historia presumida como un mérito, y por consecuencia la toma de decisiones que han atropellado todos esos valores tan ajenos a su forma de pensar, o por lo menos a su forma de archivar información, para hablar en el lenguaje global.

 

No podemos pretender que los funcionarios públicos sepan todo de todo, hoy día la erudición es imposible dada la complejidad del conocimiento contemporáneo, pero sí debemos exigirles que cultiven la capacidad de escuchar y de seguir aprendiendo, de respetar nuestra identidad, aún si ya no la comparten.