ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Impermeables

21 de febrero de 2016

No es verdad que seamos una sociedad repetitiva. La historia humana evoluciona ciertamente en ciclos, pero son ciclos abiertos, avanzamos en espiral, en parte nos repetimos pero esa repetición nunca es igual, siempre incluye un avance, y en ocasiones también puede ser un retroceso.

 

El México de hoy no es el de 1979, cuando por primera vez vino al país el obispo de Roma. Muchas cosas han cambiado para bien y para mal. El deterioro del liderazgo político en aquel tiempo apenas comenzaba a agudizarse, al Papa Juan Pablo II lo recibió un presidente José López Portillo, quién con su antecesor fue responsable de una de las peores crisis económicas que hayamos sufrido en nuestra historia postrevolucionaria. El liderazgo religioso estaba encabezado por el cardenal José Salazar, uno de los obispos más íntegros, honestos y congruentes que hayamos tenido, a juicio, por cierto, de don Jesús Reyes Heroles.

Los medios de comunicación estaban en manos de personas tal vez con menos títulos pero con una extraordinaria formación periodística y una basta y sólida información cultural. En el mundo mediático del presente abundan en cambio los comunicadores que se educan en internet, que se informan y construyen sus opiniones en “facebook”, en “twitter”, y demás lavaderos de las nuevas redes.

 

Sin duda había por aquellos años muchos intelectuales, tanto en el campo civil como en el eclesiástico, unos eran orgánicos y otros independientes, pero tenían bases respetables en todos los casos. La inteligencia mexicana de hoy se halla bastante desdibujada a juzgar por los numerosos “opinadores” que con título de pensadores fueron invitados a los diversos medios, y con sorpresiva falta de respeto para sí mismos, incurrieron en los lugares comunes, en los tópicos de moda, en apelación a los errores del pasado eclesiástico, o en declaraciones providencialistas y candorosas.

 

Al margen de este marco debieran destacarse en principio tres asuntos, por una parte la respuesta de la comunidad que asistió, que se tomó el trabajo de las largas caminatas, las prolongadas esperas, las condiciones climáticas, las privaciones y el aglomeramiento, fueron cientos de miles y miles, cuya participación es también un mensaje que debe ser interpretado y valorado. Enseguida la persona misma del Papa, no de Jorge Bergoglio, o de Francisco, sino de todo el profundo campo de significado que para los concurrentes tiene la figura del Papa, asunto complejo ya que se trata de un símbolo construido a lo largo de muchos siglos. Y por supuesto, el mensaje que es la persona concreta de quien hoy es el Papa y el mensaje de su palabra.

 

En este último aspecto es donde surge la gran interrogante. El Papa habló a todos, creyentes y no creyentes, su propuesta es digna de ser analizada, pero ¿le haremos caso? Ante la élite política mexicana denunció las actitudes que corrompen y destruyen a los países. A los líderes religiosos católicos les advirtió sobre las conductas y estilos que deben erradicar y las actitudes que deben asimilar. Si los oyentes llevaban gruesos impermeables es obvio que la palabra del Papa caerá en el vacío, porque todavía hay muchos laureles sobre los cuales seguir durmiendo.