ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Inducir el voto

6 de mayo de 2012

En una sociedad desarrollada la emisión del voto es consecuencia de un análisis  del perfil del candidato, de sus aptitudes y actitudes, valores y principios en su ejercicio profesional y personal, particularmente si ya viene de trabajar en una función pública, lo cual puede avalar o no sus nuevas propuestas.

 

En ausencia de esa comunidad, el voto se emite en función de la mercadotecnia empleada por los candidatos, y por lo tanto de capacidades que no se relacionan con el arte de gobernar, sino con el de persuadir. Y puesto que el objetivo es persuadir, todos los medios que ayuden a lograrlo parecen válidos, de ahí la preocupación neurótica de instituciones y partidos para que el voto no sea inducido por presiones laborales, sobornos, promesas ocultas, compromisos con actores de dudosa honestidad, o por personas de ascendencia social que no forman parte de la estructura formal, o se escapan a su control, como sería el caso de los clérigos, y de la misma Iglesia, pero no así de los artistas, líderes sindicales, o de los mismos sindicatos, que históricamente no sólo inducen el voto de sus agremiados sino que hasta negocian con él.

 

Pero como frente a cada norma se abren 10 maneras de omitirla sin consecuencias, desde hace ya varios procesos electorales se ha hecho presente una práctica aparentemente inocua, pero que bien mirado, tiene una poderosa capacidad de inducir el voto particularmente en sociedades poco críticas como la nuestra. Me refiero desde luego a las encuestas.

 

Que desde tres meses antes de las elecciones ya nos estén diciendo los encuestadores quién va a ganar, es como avisar a la ciudadanía que: ni vote porque ya el asunto está arreglado, o que si lo ha de hacer, lo haga en el sentido que las encuestas están marcando. Sin duda esas son las conclusiones a que llegan las personas bombardeadas de día y de noche por este tipo de recursos.

 

Por otro lado, este afán de los encuestadores acaba por influir en los mismos contendientes, los asusta, los pone nerviosos, los lleva a declararse en contra de los resultados si les son desfavorables, o a decir que no hay instancia más confiable si los resultados les benefician, haciéndolos transitar muy ufanos de que los grandes encuestadores les están dando el triunfo, favor que tendrán posteriormente que agradecer de alguna manera.

 

Y es que con frecuencia estas empresas más que vaticinar técnica y profesionalmente los resultados de un proceso electoral, parecen más bien provocarlo a fuerza de insistir en tales o cuales punteros. No en vano han proliferado tan significativamente las empresas dedicadas a hacer sondeos electorales, encuestas y valoraciones, llegando a tal grado su poder que algunos presidentes de partido han acabado por dejar a dichas empresas la elección de sus candidatos. No en vano se dirá también que partidos y aún candidatos buscan la forma de financiar a las empresas de “marketing” político a fin de que los resultados obtenidos sean justamente los esperados por ellos, precisamente porque las encuestas sí tienen capacidad para inducir el voto,  ¿o habría que hacer ahora una encuesta para confirmarlo?