ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Isabel Saucedo

22 de julio de 2012

Perdió una pierna durante una balacera. Mujer del Sur, por la fuerza de su carácter podría ser “Adelita”; al presente sigue vendiendo en el tianguis de su pueblo luego de ser y dejar de ser esposa, madre y abuela. Tuvo varios hijos, todos delincuentes que en una sola generación fueron bandidos de barrio, golpeadores partidistas y ahora caciques de alta escuela.

 

Siendo como pronto fueron maleantes decididos, hubo un candidato astuto que los contrató con el simple fin de amedrentar a sus oponentes, en las vísperas mismas de una elección de hace algunos años. “O renuncias ahora mismo, o te quemamos con todo y casa…” no hacía falta decir más, en el pueblo todo mundo sabía lo bien que cumplían. Ganó el candidato astuto. Su municipio, de 20 mil gentes, ahora debía pagar: en la cárcel estatal Isabel Saucedo tenía parientes que debían salir, y fueron saliendo. En todo ayuntamiento que estrena mando hay vacantes que llenar, solamente pidieron y recibieron tres puestos: hacienda, policía y despacho.

 

En el entretanto un nieto de 10 años tumbó a la abuela con todo y muletas; como pudo, la mujer lo alcanzó a descalabrar, y ahí viene la nuera con su hermano y la hija mayor a reclamar con palabras inconvenientes el incidente; el muchacho andaba jugando, pero la caída de la mujer no había sido cosa de juego; antes de que los ánimos se caldearan Isabel Saucedo mató a la nuera y como quisiera su hermano intervenir ahí mismo lo mató también junto con la hija, porque la una y los otros andaban armados pues.

 

Volvieron de nuevo las elecciones, pero ahora los hijos ya no trabajaban a sueldo de ningún candidato. Esperaron a que las cosas se dieran, amagaron al alcalde saliente, que todavía seguía pagando, a fin de que la víspera de entregar la presidencia se las dejara a ellos, y así lo hizo, con el apoyo de todo el clan de los Sahuil–Saucedo y su numerosa clientela copando la alcaldía. El alcalde electo se vio entonces en un serio predicamento, y creyendo ser gente de los colores perdedores la que ocupaba palacio, se decidió a negociar. La trampa fue perfecta, el clan conservó sus prerrogativas, y el presidente municipal quedó a sus órdenes. De esto hace apenas unos años, cuando todavía los cárteles delincuenciales no se adueñaban de todo, y se podía con pericia y violencia no solamente robar y matar, sino suplantar a las autoridades sin que nadie dijera nada, quedando todo en la familia local, sin pretensiones globalizadoras.

 

Isabel Saucedo sigue vendiendo en el tianguis, le gusta el comercio, porque venda o no venda todo mundo le paga. Al marido lo tiene preso porque así es que lo quiere tener, y dicen que también así lo quiere él. Ahora los hijos aspiran a puestos de mayor altura, son gente del Sur, donde muchos y muchas podrían ser Isabel Saucedo, apenas un nombre ficticio para narrar una historia verídica que nos ilustra acerca de la “real democracia mexicana”, de la separación de poderes y de su eficacia, de la prolongada somnolencia de aquellos estados y su fragmentado proyecto educativo.