ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Jesús, María y…

11 de enero de 2009

¡José! Exclamación de antiguo raigambre, la usaban nuestros antepasados ante una situación alarmante o escandalosa. En Guadalajara, Jesús María es el nombre de una iglesia monástica cuyo conjunto comenzó a construirse en la segunda mitad del siglo XVII hasta llegar a ser una de las iglesias más hermosas y mejor logradas del barroco tapatío.

 

Junto a ella se hizo el monasterio dominicano para dar sitio a aquellas mujeres que con verdadera vocación y no por decisión paterna, desearan llevar una vida consagrada de estricta observancia. La exclaustración permitió que a fines del siglo XIX se fundara en parte del monasterio el famoso colegio internado que luego asumiría el nombre de su creador, el canónigo Luis Silva.

 

Pues mientras no pocos tapatíos vacacionaban, un conductor del transporte público aventó un automóvil en contra del espléndido atrio de esta virreinal iglesia, derribando parte del muro de cantera almohadillada como sus imponentes rejas.

 

Desde luego el conductor se pasó el alto a notable velocidad, naturalmente huyó rápido del percance, y nadie ha vuelto a tocar el tema ¿ya a nadie le importa el destino de nuestro patrimonio histórico? Hace apenas unas semanas se concluyó la restauración de buena parte de la fachada de Santa Mónica, otra singular y valiosa muestra del barroco tapatío en su expresión más exuberante, poniendo especial atención a la esquina del templo, esquina peaña de un enorme San Cristóbal que hace tiempo amenazaba ruina ¿en qué momento otro camionero repetirá la hazaña de Jesús María contra esta iglesia?

 

Por si usted no lo ha notado, en Guadalajara no hay un solo monumento histórico por el cual no pase por lo menos una calle abierta al tráfico, y al tráfico pesado, con la relativa excepción del templo de la Compañía, hoy sede de la Biblioteca Iberoamericana. La tremenda vibración de los camiones y la permanente contaminación que producen sus motores, así como el mismo hecho de la circulación vehicular anárquica que priva en Guadalajara, son bombas de tiempo cuyas mechas siguen a la mano de cualquier incendiario.

 

El problema se agrava si consideramos que la ciudad, invadida por todo tipo de personas llegadas de todas partes y que nadie ha tenido el cuidado de inculturar, carecen del menor aprecio por una herencia histórica que consideran ajena. Muchos tapatíos que todavía pudieran hacer algo por Guadalajara, han huido de ella y se amurallan en sus cotos privados, en tanto el resto mira con indiferencia o impotencia la ausencia de las autoridades en aquello que de ellas con razón se espera: que den mantenimiento y conservación al patrimonio histórico, que establezcan programas educativos para propios y extraños que habitan en esta ciudad en orden al cuidado del patrimonio, que rediseñen un plan audaz de vialidad que proteja ese patrimonio al costo que sea, lo cual incluye convencer a la ciudadanía de que se ponga a caminar y deje de arruinar la herencia histórica tapatía por su afán de querer llegar en auto o camión a la puerta misma de negocios y oficinas.