ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Jiquilpan

30 de marzo de 2014

Mientras enfrían la tierra caliente se les calienta la tierra fría. Es inevitable que corran las noticias de persona a persona, cuando los medios de comunicación habituales no se enteran o se ven limitados en su trabajo informativo.

 

La intervención del Gobierno Federal en la tierra caliente michoacana se debió en buena parte a la preponderancia que venían tomando las autodefensas. Quizá precisamente porque en las tierras altas las autodefensas aún no tienen ese protagonismo, poco se sabe de lo que en ellas ocurre hasta que comienzan a llegar a Guadalajara sus vecinos, sea de manera temporal o definitiva, dando cuenta de las circunstancias insoportables a las que se han visto sujetos, o bien ocurren cosas como el asesinato del alcalde de Tanhuato, hecho que podemos muy bien relacionar con el ocurrido en la Piedad en parecidos términos hace dos años.

 

Que el alcalde de Tanhuato debiera tener escoltas federales ya es en sí mismo un hecho preocupante, que dichas escoltas le fueran retiradas por la necesidad de efectivos en tierra caliente es todavía más alarmante, ya que nos revela tanto el tamaño de la emergencia como la debilidad, para comenzar numérica, de las fuerzas policiales. De acuerdo a lo externado por el anterior titular del consejo nacional de seguridad, Manuel Mondragón y Kalb, al finalizar el presente sexenio México debería contar con 110 mil policías federales, cifra que al propio Mondragón le parecía irrisoria considerando la extensión del país y su densidad poblacional. Cifra que por otra parte muestra la enorme desconfianza que generan los actuales 120 millones de habitantes de esta nación a los señores justicia, población que efectivamente no habría policía suficiente para controlar, sobre todo si recordamos que el 24.7% de los jóvenes entre 15 y 29 años, ni estudia ni trabaja, pero quiere tener dinero, divertirse y consumir cuanto el mercado ofrece.

 

Pero no basta el dato escueto sobre el número de efectivos, debemos considerar que éstos salen de la misma sociedad, que las instituciones en que se forman son todavía incipientes, que los salarios que perciben deben competir con los que ofrece la delincuencia organizada, que la crisis de valores en México es hoy día en extremo aguda, que se trata de una carrera donde la muerte está todo el tiempo presente, que por lo mismo muchos de los efectivo “bien formados” aspiran a puestos burocráticos, lejos de los frentes de guerra, pero también que el 88 por ciento de la policía ministerial, se destina a servicio de guardaespaldas de los altos funcionarios del país y de sus respetables familias, con el elevado costo que es de imaginar.

 

Los pueblos de Michoacán, los de tierra caliente y los de tierra fría, la gente que no forma parte de la dorada burocracia mexicana ni del alto empresariado, deben seguir bregando todo el tiempo con una realidad que se mantiene fuera de control, que mientras por allá se anuncian logros, por acá se denuncia la misma escalada de atropellos por parte de la delincuencia, de inseguridad e incerteza, de abandono de casas y tierras que provoca un inédito movimiento migratorio, sin que autoridad alguna pueda garantizar escenarios distintos por lo menos a mediano plazo.