ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Kafka y la democracia mexicana

14 de junio de 2009

Debe haber sido terrible para aquel sujeto despertarse escarabajo, sobre todo porque además de haberse convertido en semejante bicho, era consciente de lo que ocurría, experiencia que ningún escarabajo tiene, hasta donde sabemos.

 

Seguir teniendo la conciencia de un ser humano, pero sometido a la condición limitada, lenta, pesada y deleznable de un minúsculo animal, sin saber cómo es que se ha dado esa transmutación y lo peor, sin poderla cambiar, transmite una sensación de angustia y desesperación apenas comparable con la situación del mexicano frente a la monarquía absoluta de los partidos y sus cada vez peores campañas.

 

Si Saramago nos ha sorprendido con su ensayo sobre una ceguera que se va contagiando al infinito, y los mitos griegos hablaban de una Circe que convertía en marranos a los incautos, hoy Kafka nos alertaría sobre las diversas formas en que los políticos convierten a los ciudadanos en escarabajos, y cómo los escarabajos no pueden, por más que lo intentan, prevenir a los demás del grave peligro que los acecha.

 

Que los siete candidatos a la alcaldía de esta ciudad participen en un diálogo de campaña con la comunidad artística e intelectual de Guadalajara, a solas o en conjunto, para que todos hagan su cartita al niño Dios, escuchen las promesas de los susodichos y traten de convencerse unos a otros de que el futuro por venir será mejor, resulta muy contemporáneo y, encima, concurrido, porque entre los convocados lo mismo se dan idealistas esperanzados en la utopía, que pragmáticos realistas, sabedores de que a fin de cuentas alguno de los siete quedará de alcalde y el resto se repartirá a placer las regidurías, y bueno, pues hay que estar ahí por lo que después se ofrezca, y llevar gente, mostrar disponibilidad, hacerse ver.

 

Por la otra orilla, unos cuantos se decantan en el empeño por la anulación del voto, en tanto muchos más, por la amplia avenida que corre entre los extremos, ni son consultados, ni piensan votar, acostumbrados como están a cambiarle de canal apenas asoma las orejas un promocional partidista.

 

Que la participación social deba ser un medio para controlar a los partidos, como ha declarado esta semana un gestor de la vida económica y social del Estado, demuestra que tales entidades no solamente se han vuelto inútiles, sino sobre todo nocivas, pues en su origen los partidos eran precisamente los medios a través de los cuales la ciudadanía hacía valer su voz y su voto en las grandes decisiones del país y del Estado; si ahora la ciudadanía debe buscar otras formas de participar, señal que los partidos se han alienado con respecto a la comunidad.

 

Ya se venía venir desde el momento en que los consejos electorales, justamente un medio de participación social al margen de los partidos, han sido también atrapados por estos herederos de Circe.

 

Como se ve, todos los días podemos amanecer convertidos en escarabajos, gracias a la acción bandolera de organismos democráticos decadentes.