ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La avidez

8 de diciembre de 2013

“El que nunca ha tenido y llega a tener loco se quiere volver”, sentencia un antiguo dicho. Las sociedades humanas no solamente padecen epidemias biológicas por virus o microbios, también suelen padecer de otras enfermedades que afectan su manera de percibir la existencia y por ende, su manera de vivir.

 

La clave del asunto radica en el hecho de nuestra precariedad natural, necesitamos de satisfactores básicos: comida, agua, techo, ropa, esparcimiento, salud, todo lo cual se puede obtener a un costo accesible siempre y cuando el satisfactor no se sofistique hasta el extremo de ofrecer botellas de agua purificada que cuestan 300 pesos por un cuarto de litro.

 

No obstante el sistema económico imperante hace de la sofisticación el motor de la riqueza, produciéndose una increíble escala de precios en todo cuanto se genera para satisfacer las necesidades más simples. Ya no basta vestirse, hay que traer encima y abajo por lo menos diez marcas célebres por costosas, de preferencia con las etiquetas por fuera para que todo mundo sepa, y sabiéndolo, aporte a la persona-vitrina algo tan trivial e inútil como el estatus. En ese mismo orden de ideas, no es lo mismo que una pareja de recién casados haga su viaje de bodas al lugar que realmente les agrada y se presta para los fines propios de esa vacación, a que elija el sitio que a todos los demás impresione, lejano, exótico, y sobre todo carísimo.

 

Con este tipo de aspiraciones, con este fenómeno que deprava las necesidades convirtiéndolas en deseos obsesivos nunca plenamente satisfechos, se expande la avidez como un virus devastador, ya que satisfacer necesidades tan artificialmente percibidas cuesta mucho. Por supuesto que todos quieren en su fiesta, a tenor de los gustos, a la banda sinaloense más cotizada, o al cantante de mayor demanda, y los quieren en vivo, desde luego.

 

Ninguna sorpresa si de pronto un ciudadano de avideces frustradas se ve convertido en funcionario público. Su idiosincrasia le grita que ésta es la oportunidad de su vida; muy pequeñas y cortas se le hacen las manos para poder agarrar, materialmente hablando, todo lo que se le ofrece a la vista, para enseguida y aprisa poder comprar cuanto había deseado: casas, departamentos, autos, alhajas, vestuario de las marcas más caras y en las tiendas de mayor lujo, comidas en restaurantes de fama mundial, viajes a lejanos destinos que nada tienen que ver con ir en excursión a Chiconcuac.

 

Normas, leyes, ética, todo se desvanece ante el océano de oportunidades que ofrece la función pública, gracias a que otros ávidos están dispuestos a dejar hacer a quién sea si esto favorece sus propios intereses, sobre todo si la permisión les conserva en el puesto. Por lo mismo las declaraciones patrimoniales previas y posteriores al desempeño de un cargo son un simple trámite, y las omisiones o ganancias injustificadas, apenas una nota periodística que se olvidará mañana, porque el señalado es hermano de un expresidente, o pariente, conocido o lo que sea de cualquier otro influyente. Si a esto se añade el ejemplo de los altos funcionarios que se han legitimado increíbles aguinaldos, a los que añaden otras sumas justificadas por las más peregrinas razones, por ejemplo bajo el rubro “gratificación”, “bono de fin de periodo”, “compensación” o lo que sea, la avidez por los cargos y el uso que se hace de ellos escapa a todo control.