ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La condición de la fe

23 de diciembre de 2012

La universalidad de la fiesta de Navidad es algo tan sorprendente como paradójico, pues incluye su festejo en países tan ajenos y lejanos del mundo cristiano como China, Japón o Corea, eso es lo sorprendente.

 

Lo paradójico ocurre en el mundo occidental, sobre todo en el llamado mundo industrializado, que celebra la Navidad como la fiesta de mayor convocatoria, con el mayor despliegue de recursos, con un glamur incomparable, pero cada vez con menos referencia al motivo original de esta celebración. En Estados Unidos y en muchos países europeos pronto el festejo será con motivo de las expresiones, no del sentido, así se podrá hablar de la fiesta de los regalos de fin de año, de la fiesta de las luces, de la gran fiesta de los árboles adornados, o simplemente de las “felices fiestas” y nada más.

 

En dichas sociedades el primer símbolo secularizado y disgregado de su sentido primigenio fue el obispo san Nicolás, encargado de repartir los regalos que los niños recibían del “Niño Dios”, y que acabó siendo el dador de los mismos sin otro motivo que su bonhomía, todavía en algunos casos, condicionada a portarse bien. Cómo se desfiguró a dicho santo de origen griego y se le vistió con los colores de la “Coca Cola” es cuestión que explicarán muy bien los mercadólogos, el asunto es que la sociedad actual lo ha separado ya casi por completo del misterio cristiano, circula por sí mismo, vale por sí mismo, por lo cual acaba siendo un personaje alterno y mucho más famoso, visualmente, que Cristo naciente, pudiendo la Navidad transmutarse en la gran fiesta de la llegada de Santa Claus.

 

La misma palabra “Navidad” puede ya significar lo mismo invierno que fin de año, cena familiar o convivio social; siendo como es una deformación de la palabra original “Natividad”, es decir, nacimiento, al reducirse a un término en cierto modo de variable significado, sobre todo para las nuevas generaciones, no necesariamente relaciona la expresión con el nacimiento de Cristo. Feliz Navidad puede ser un buen deseo, no precisamente “que tengas una feliz celebración del nacimiento de Jesús”.

 

Pero resulta interesante advertir que aún celebrar la Navidad en su correcto y original sentido puede ser fuente de otras paradojas: ¿cómo celebrar al justo desde estructuras de injusticia? ¿Cómo celebrar a quién nació pobre, con dispendios clasistas? ¿Cómo festejar a quien es principio y maestro de la caridad, desde actitudes egoístas o perversas? ¿Cómo adorar a Cristo niño, ignorando las condiciones de miseria en que viven hoy tantos niños de la calle?

 

En realidad no es que la sociedad industrializada tenga problemas de fe, esa sociedad sigue creyendo en algo pero cree en lo que dice creer, los verdaderos problemas para la fe cristiana no están fuera, sino dentro de la misma cristiandad, y no se resuelven solamente desde una mejor comprensión racional, doctrinal o catequética del mensaje cristiano, sino desde la puesta en práctica del mandamiento esencial de Cristo, que Él sí hizo vida.