ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La corrupción

15 de marzo de 2015

Son tantas y tan variadas las conductas que pueden caber bajo el concepto de corrupción, que con frecuencia aún el más sincero defensor de la honestidad, puede incidir en prácticas corruptas.

 

Una de las condiciones que con mayor frecuencia abre las puertas de la corrupción es la permanente inclinación a justificar los medios en función de los fines, sobre todo cuando los fines adquieren un perfil trascendente, como sería el bien de la patria, el triunfo de la verdad, la protección de los pobres, la salvaguarda de las buenas costumbres, o la defensa de la fe. En aras de tan inobjetables fines se puede caer en el tráfico de influencias, la promoción del espionaje, la comisión de actos discriminatorios, el robo de los ricos, o el vergonzoso deporte de desprestigiar al oponente. Todo eso es corrupción, pero quienes la practican consideran que no son corruptos, sino héroes de los grandes valores de la humanidad.

 

Uno de los actuales debates mexicanos se sitúa en torno a la iniciativa de legislar de una vez por todas en contra de la corrupción, iniciativa que ha generado todo tipo de inquietudes y ajustes por parte precisamente de quienes deberían ser los primeros en extremar todo tipo de medidas para erradicar y prevenir un cáncer tan difundido en nuestro país.

 

Ante las oscilaciones de la autoridad, de los partidos y los legisladores, otras instancias, públicas y privadas han hecho oír su voz en favor de una legislación sin cortapisas que pueda luego sin cortapisas aplicarse. No es asunto fácil, ya que con frecuencia también ocurre en estas otras instancias una singular escalada de corrupción a la cual se está tan acostumbrado que ya ni lo advierten, razón por la cual denuncian la corrupción ajena ignorando la propia.

 

Darse razones para apropiarse de lo ajeno, juzgar y condenar en ausencia del afectado, ocupar puestos y cargos sin tener el perfil que éstos requieren, devengar ganancias sin desquitarlas, hacer política rastrera, discriminar y marginar a las personas, alterar precios y medidas, obtener materias primas por caminos sinuosos, apoyarse en mercadotecnias engañosas, bloquear al competidor de manera deshonesta, impedir la promoción de las personas honorables y capaces, o promover a capaces e incapaces a cambio de apoyos, estar siempre inventando nuevas formas de soborno o caer en los chantajes más ominosos, no son prácticas exclusivas del gobierno en sus diversos niveles y poderes, se pueden ver hasta en los más proféticos defensores de la verdad y la justicia.

 

No obstante, cuando una nación como la nuestra ha hecho de la corrupción un estilo de vida del cual pocos escapan, el esfuerzo requerido para cambiar el sistema debe ser colosal y sostenido, y ha de partir de un punto fundamental: reformar el sistema de impartición de justicia y aplicar a este empeño todas las energías y recursos, es ahí donde debe librarse la verdadera guerra y la más radical, sin necesidad de estar exponiendo al ejército nacional a la inútil tarea de mantener el orden en un país sin justicia.