ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La Curia Romana

11 de enero de 2015

Cada año, con motivo de la Navidad, el Papa dirige un discurso a la Curia Romana, es decir, la estructura de servicios que colabora en la conducción de la Iglesia. La Curia Romana tiene ya una larga historia de casi 2 mil años, pues surge en la medida que el cristianismo se fue extendiendo por el vasto mundo, volviendo más compleja su dirección. Esta institución cumple servicios muy valioso y en buena medida insustituibles, acarreando con frecuencia las mismas taras de todos los espacios burocráticos que gravitan en torno al ejercicio de la autoridad. Por lo mismo, en el ámbito eclesiástico, la Curia Romana ha sido frecuente blanco de críticas y sugerencias de cambio. El actual pontífice ha señalado quince aspectos de mejora en dicho organismo que conviene analizar, pues esta estructura de gobierno se repite en todas las diócesis del mundo, que en mayor o menor medida podrían mostrar las mismas carencias.

 

A estos aspectos de mejora, el Papa Francisco los llama expresamente “enfermedades”. Veamos. La enfermedad de sentirse “inmortal”, “inmune” o incluso “indispensable”. La del ‘martalismo’ (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad. La ‘fosilización’ mental y espiritual. La de la excesiva planificación y del funcionalismo. La enfermedad de la mala coordinación. La del ‘Alzheimer’ espiritual. La enfermedad de la rivalidad y de la vanagloria. La de la esquizofrenia existencial. La enfermedad de los chismes, de las murmuraciones y de las habladurías. La de divinizar a los jefes. La de la indiferencia hacia los demás. La enfermedad de la cara de funeral. La de la acumulación. La de los círculos cerrados. La del provecho mundano, del exhibicionismo.

 

De cada una de estas dolencias el Papa hace una breve descripción que el lector interesado puede encontrar en internet, Lo importante para los cristianos de buena voluntad sería analizar hasta qué punto en la Curia de su propia diócesis se dan estas mismas carencias, y desde luego invitar a los respectivos líderes a hacer suyo el discurso papal y aplicar este singular esfuerzo de depuración en su propio ambiente, tarea colosal si consideramos que sólo en México existen 85 curias diocesanas con mayor o menor complejidad en razón de su tamaño e historia.

 

No obstante esta intención pontificia de reforma y mejora del ambiente clerical en las curias, la tarea puede verse limitada y aún impedida por diversos factores, así: la resistencia al cambio, la edad o actitud de los propios obispos diocesanos, el exceso de asuntos urgentes que hace descuidar los importantes, la ceguera que produce la costumbre, es decir, estar tan impuestos a oler mal que se pierde la capacidad de darse cuenta de que se despide mal olor. En esta disfunción influye mucho la capacidad de las curias para homologar a sus nuevos integrantes, particularmente cuando se les homologa para prolongar los mismos defectos que se deberían superar, trabajo fácil si los nuevos que van llegando ven su trabajo no como servicio sino como trampolín, posibilidad que otros, los que tienen los medios para “promover”, aprovecharan para perpetuar este tipo de lastres.