ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La democracia utópica

17 de mayo de 2009

El carácter utópico de la democracia es una de las claves de su permanencia relativa como aspiración humana, pero también un escudo para todos aquellos que quieran vivir de su mito. Casi siempre que se habla de democracia se acude lo mismo a la clásica etimología: Gobierno del pueblo, que a los ejemplos históricos de Grecia, Roma o Venecia, para pasar luego revista a los ideales políticos democráticos de los colonos norteamericanos o de los revolucionarios franceses.

 

Analizado el tema con mayor profundidad, descubrimos que una democracia acorde a su etimología prácticamente jamás ha existido. Ni todos los habitantes de Grecia eran beneficiarios de la democracia, ni ésta era para todos los habitantes de Roma; algo muy semejante ocurrió en la República de Venecia. En su sitio podemos decir que las sociedades humanas han siempre establecido, alternativamente, tres tipos de Gobierno: monarquías de todos los tamaños y alcances, dictaduras fuertes o blandas y oligarquías, estas últimas como la expresión más común y permanente de lo que se llama democracia.

 

En nuestro país se mantiene legalmente una de las formas que la democracia moderna estableció, la democracia representativa, es decir, ya que resulta imposible el que 100 millones de mexicanos se pongan de acuerdo, se pasa el trabajo a los representantes de esos 100 millones. Y puesto que tantos mexicanos no pueden pensar de la misma forma, se inventan los partidos políticos cuya tarea consiste en dar vida a una determinada ideología. Dicha ideología de alguna manera refleja el sentir de un número suficiente de ciudadanos, tantos, cuantos se hacen necesarios para reconocer oficialmente a un partido político. De esta forma se ofrece cierta garantía de que las principales ideologías vigentes, en la sociedad, tendrán voz y voto a la hora de organizar la nación, creando para ello un marco constitucional tal y como ocurre oficialmente en el presente.

 

Pero como quiera que en la práctica contemporánea los partidos políticos perdieron ya su ideología original, sustituyéndola por intereses, han perdido también lo que definía y justificaba su diversidad, así como el tremendo costo que originan; este hecho tan evidente desde hace ya varios sexenios, aunado al penoso manejo que los partidos hacen de la política, y la ineptitud con que se desempeñan muchos de sus representantes en los gobiernos estatales y federales, nos lleva a pensar que mantener la democracia representativa por medio de partidos políticos resulta ya obsoleto.

 

El sistema democrático mexicano es pues decadente, superarlo nos enfrenta con dos cuestiones esenciales: en primer lugar necesitamos politólogos capaces de idear y proponer una reforma sustantiva de nuestra democracia caduca, e incluso construir un nuevo sistema de organización democrática; la segunda cuestión es aún más grave: ¿Quienes detentan el poder político en el país tendrán la visión, la honestidad y la capacidad para favorecer los caminos que nos lleven a transformar nuestra democracia, dándole al país la nueva forma de organización política que los tiempos actuales exigen? La cuestión se mantiene abierta.