ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La familia vive

27 de diciembre de 2015

O sobrevive. Del modo que sea, e independientemente de la evolución e involución que el concepto y realidad de la familia ha experimentado a lo largo de su increíble historia, una cosa resulta evidente, familia y vida son inseparables.

 

No significa esto que la propagación y conservación de la especie no pueda asegurarse de otra manera, evidentemente se ha logrado desde hace millones de años, y mucho se habla hoy de cómo podría garantizarse este objetivo en los años futuros. Pero no basta con sobrevivir, con asegurar que la especie humana seguirá manteniéndose, importa mucho la calidad de vida del ser humano y eso incluye numerosos factores la mayoría de ellos referidos al núcleo familiar, ya desde la carga genética que se transmite.

 

Ya en 1932 Huxley hablaba del papel que el estado podría desarrollar en la generación de vida humana a través de lo que podría llamarse “medidas higiénicas”, al margen de la contaminación de los cuerpos humanos, es decir, crear niños de probeta genéticamente mejorados, educados en instituciones altamente especializadas, libres de las influencias habituales del entorno familiar. En otras palabras el autor describe o denuncia la reducción de la vida humana a sus contenidos específicamente prácticos: seres humanos sanos, eficientemente productivos, capacitados para resolver sus necesidades de todo tipo a tenor de satisfactores igualmente prácticos y tecnologizados, individuos estandarizados, clasificados de acuerdo a categorías predeterminadas, frente al escenario opuesto y extremo de niños nacidos en condiciones de promiscuidad, miseria, desnutrición y ambientes nocivos, destructores del tejido social e inútiles para la maquinaria civilizadora.

 

En el intermedio quedaría un modelo de familia bimilenario, donde el padre y la madre procrean y forman a sus hijos en ambientes endógenos que paulatinamente se abren a los demás, espacios donde aprenden acciones y emociones, asumen una identidad y se edifican en ambientes de libertad. El resultado son los seres humanos y humanistas que hemos conocidos a lo largo y ancho dela civilización romana, y judeo-cristiana, los seres humanos que somos nosotros mismos. Este modelo justamente se haya hoy sumergido en una profunda crisis de efectos múltiples de la cual se ha escrito ya infinidad de textos sin que todavía se dé con las soluciones, a lo más que se ha llegado es a catálogos de consejos, orientaciones y modos de manejar lo inevitable o a interesantes interpretaciones sobre las causas de la crisis humanista y sus secuelas.

 

No hay modelo de familia perfecto porque los humanos no somos perfectos, pero sí somos perfectibles, y el gran dilema del mundo presente radica justamente en la elección entre humanos perfectos como máquinas, aislados y productivos, individualistas y globales, o humanos libres que buscan perfeccionarse, en espacios cada vez de mayor calidad en lo que mira a los valores universales humanistas, igualmente productivos pero no desde el ámbito de la máquina, sino desde el espacio de la persona que se hace en la medida que sabe relacionarse con su entorno, natural y humano, trascendiendo y trascendiéndose.