ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La hora de correr

13 de abril de 2014

En la trama del mundo siempre hay personajes que lideran causas, personas que las apoyan hasta el final y otras que desertan.

 

Fue el caso de Jesús de Nazareth. Su visión del mundo, de Dios, de los hombres y de sus estructuras, su manera de ser y de actuar, su sensibilidad, su compasión y su compromiso atrajeron de inmediato la atención de muchos hombres y mujeres de su tiempo que se unieron a su causa, pero que en el camino se fueron decantando a tenor de las circunstancias. Algunos se alejaron porque no estaban a la altura de las exigencias, otros porque tenían demasiados intereses con las estructuras de su época, o porque no habían entendido bien de qué se trataba.

 

Al final de la vida de Jesús, cuando todas las circunstancias concurren a fraguar la tragedia, los discípulos que habían permanecido hasta ese momento coincidieron en correr todos salvo tres excepciones, uno que aprovechó la contingencia para lucrar treinta monedas de plata, otro que quiso mostrarse valiente por amor propio y protagonismo, y uno más que sin decir palabra permaneció fiel hasta el último instante.

 

Pedro no entregó a Jesús, pero le dio temor y hasta vergüenza que lo identificaran con Él, prefirió afirmar que jamás lo había conocido, que lo estaban confundiendo, y en cuanto pudo huyó de la escena, no se fuera a desprestigiar.

 

Desde entonces y hasta ahora el prototipo asentado por los relatos evangélicos se repite una y otra vez en todo tipo de circunstancias. Amigos que lo son solamente del triunfo, de la gloria, de la honra. Amigos que lo son de verdad en cualquier circunstancia, aunque siempre en reducido número. Fidelidades interesadas en la promoción y el beneficio que se modifican apenas los cálculos sugieren un cambio de lealtad. Católicos orgullosos de serlo cuando la Iglesia está en el candelero y que huyen apenas avizoran problemas. Instituciones de las que todos quieren ser parte cuando triunfan pero de las que todos se alejan y admiran cuando fracasan.

 

No sorprende que el mundo siga manejándose en esos términos, y de acuerdo a ellos establezca sus valores: pisar a quien sea para escalar puestos y honores, calumniar y enseguida difamar para deshacerse del competidor, traicionar la amistad cuando se corre el peligro de desprestigiarse, apartarse del que cae y si se puede hundirlo más, traficar influencias a cambio de poder o de dinero,  fingir virtudes y disimular vicios si de ello se sigue ventaja, tejer intrigas, urdir trampas, poner el propio interés por encima de cualquier otro, alimentar envidias que producen odios y acabar matando, se trate de las relaciones humanas del día con día que de las relaciones entre los países que lleva a aplastar a los débiles  para conservar la hegemonía global, o vender naciones a cambio de un puesto político redituable. Nada de esto es extraño, lo verdaderamente sorprendente sería que esas mismas actitudes fueran observadas por  quienes se dicen cristianos.