ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La hora de los charlatanes

5 de abril de 2009

En los procesos de evolución social suelen darse situaciones críticas que revelan la inminencia de cambios positivos o de situaciones desastrosas; de tiempo en tiempo estas crisis son terminales para un determinado proceso, época o cultura. Tanto el Imperio Romano como las instituciones judías de la época de Jesús se hallaban justamente en el inicio de procesos terminales históricos, situación que se revela en esa serie de acontecimientos que hoy día se siguen recordando en la llamada Semana Santa.

 

Por una parte tenemos que la evolución religiosa de Israel ha llegado a un punto a partir del cual o se transforma o se destruye. La sujeción a la letra de la ley y no al espíritu, la relatividad frente a la honestidad de los medios si aseguran los fines perseguidos, la autocomprensión de la propia perfección moral como un justificante para juzgar, condenar y aún asesinar al que carece de esa supuesta perfección, el mismo temor a perder las posiciones ganadas, y, paradójicamente, la capacidad para la intriga, el soborno y la manipulación, son sólo algunos aspectos muy lamentables de la crisis de las instituciones judías en aquellos años, situación que se revela sin tapujos en el juicio que se hace a Jesús, y en el encarnizamiento que lo sigue aún después de ser asesinado. Teniendo la posibilidad de superar la crisis transformándose, la pierden.

 

El mundo de la política en Israel no es diverso, ha llegado a la era de los charlatanes, personajes que tienen el poder, pero no el don de mando, políticos que saben moverse para su propio provecho, pero no para el de la comunidad, personajes públicos carentes de visión, que usan de su posición para gozar de la vida y buscar frenéticamente el espectáculo en tanto se agota la paciencia del pueblo.

 

Herodes, al saber que le enviaban a Jesús, se frotó las manos augurándose un buen acto de magia, pero Jesús ni siquiera le dirigió la palabra.

 

La situación del Imperio Romano era distinta en muchos aspectos, pero igualmente decadente en otros. Poncio Pilato no es un charlatán metido a procurador, es un hombre formado para la alta política, no en vano la ejerce en uno de los territorios más conflictivos del imperio. Es el gobernante que ya ha visto de todo, que ya ha oído de todo, que se acoge por lo mismo a un agnosticismo pragmático, sin por ello olvidar su compromiso de hacer cumplir con rigor las leyes; tampoco olvida que ha hecho una carrera y que no la va a comprometer por defender una causa aún si ésta es justa, Pilato sabe contemporizar, maneja lo mismo la diplomacia que el espectáculo de masas, trata de hacer lo correcto siempre y cuando insistir en ello no comprometa sus aspiraciones. Finalmente, dejar que las turbas crucifiquen a un judío más resulta menos problemático que arriesgar su futuro político, aún si advierte en ese judío algo que le sobrepasa.

 

De esta forma la Pasión de Cristo revela en una síntesis perfecta la condición falible de las instituciones, pero sobre todo, revela la condición precaria del corazón humano.