ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La manzana de oro

27 de julio de 2014

Tener una manzana completa entre las calles de Hidalgo, Santa Mónica, Zaragoza e Independencia, a una cuadra de la Presidencia Municipal, es tener una manzana de oro.

 

Pero esa manzana de oro estaba ocupada por un mercado, el famoso y centenario Mercado Corona, en su segunda etapa. La primera fue la gloriosa, gloriosa en su construcción, gloriosa en su identidad y actividad. Como un lejano pero genuino reflejo de la cisterna de Bizancio, el mercado estaba constituido por un juego increíble de arcos de medio punto, elevados y distinguidos que en su centro levantaban con donaire una cúpula luminosa, y en su entorno sustentaban la serie continua de las bóvedas. Tenía este mercado armadura de cantera y entrañas de piedra, balaustradas infinitas coronaban sus azoteas y para ingresar se abrían enormes arcos por sus cuatro ángulos ochavados.

 

Aunque era una construcción de fines del siglo XIX, sus diseñadores buscaron no introducir en ese espacio histórico un mamotreto moderno. El mercado ofrecía al exterior sus carnicerías, y al interior toda la gama del campo mexicano, sea en su versión más inédita, fresca e inmediata, que en la versión transformada por la magia de la gastronomía, rica en colores, texturas, aromas y sabores. Desde el centro las florerías concursaban en esta feria de olores, con el aroma de los claves y las gladiolas, azucenas en mayo y nardos en tiempo de aguas.

 

Por las razones tan tapatías de la actualización, este viejo y hermoso mercado fue derribado en aras de uno nuevo, más funcional y dinámico, donde una parte mínima de sus viejas canteras le fueron colgadas como gargantilla antigua en cuello joven. Semejaba un búnker de las mercaderías, una enorme caja que agobiaba con su enorme peso la planta baja, conjunto de pasillos rectos atestados de locales comerciales. Para subir al primer piso introdujo rampas, magnífica la central y de menores dimensiones las laterales, pero al llegar se abría un inmenso espacio de luz natural que entraba por los ventanales de los muy elevados muros. Todo arriba eran comestibles frescos, que pasaban luego a un apéndice de fondas levantado sobre la nueva área de las flores, quizá la parte mejor lograda del mercado, la única que no sufrió daño alguno en su pasado incendio pero que fue igualmente demolida.

 

En los últimos años todo este mundo comercial había sufrido notables modificaciones. Se conservaban algunas carnicerías, pero muy pocos locales seguían ofreciendo verduras, frutas, lacticinios y demás comestibles, por alguna oculta razón el ocultismo se había ido apoderando de casi todo ese espacio mezclado con infinitas yerberías, cesterías y similares que luego de agotar su nivel se desparramaban por la planta baja.

 

La hermosa plazoleta, otro logro de este nuevo mercado, tenía décadas de haber sido ocupada, usurpada, invadida por comerciantes de ropa, a tal punto que de la estatua del Amo Torres, antes en su centro, ya sólo se veía la espada.

 

El Mercado Corona ardió el pasado 4 de mayo, ahora su manzana de oro puede volverse una manzana de la discordia.