ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La necedad de la necesidad

19 de abril de 2009

Se ha vuelto muy habitual que quienes delinquen declaren haberlo hecho por necesidad, asunto complejo si nos ponemos a analizar hasta dónde ha llegado el asunto de la necesidad en nuestros días.

 

Es claro que la mayoría de las necesidades que decimos tener son innecesarias, creemos que necesitamos o nos han hecho creer que necesitamos un sin fin de cosas, estados o sensaciones, que en realidad resultan irrelevantes. Pero también es cierto que las onerosas formas que los “ricos y famosos” tienen de satisfacer aún las necesidades más elementales, producen en la audiencia un impacto que no sólo invita a la superación sino que, dadas las condiciones, provoca muy frecuentemente la desesperación y a partir de ahí, el delito.

 

Pero más allá de estas realidades, en nuestro tiempo estimular artificialmente la sensación de satisfacción se ha convertido en la demanda más habitual y en la oferta de mayores ganancias en todo el planeta Tierra. No basta con sentir al natural, hay que potenciar los sentidos, hay que sentir siempre mucho más en todos los campos; que el sonido retumbe hasta destruir los oídos, qué importa; que todo el cuerpo se estremezca ante tales o cuales satisfactores, aunque se desbarate, lo mismo da; que el sentido del gusto y del olfato alcancen dimensiones inimaginables así se vaya en ello la ganancia de todo un mes, vale la pena. El problema comienza cuando no basta con subirle al sonido, o usar tales o cuales artificios, sino que se hace “necesario” drogarse.

 

En el remoto tiempo de los mariguanos, drogarse se justificaba como un escape ante realidades difíciles, o como un vicio en el que se había incurrido por ingenua curiosidad. Hoy día la razón de esta sin razón es potenciar los sentidos y hasta la capacidad laboral, a fin de ganar más, de rendir más, de tener más, para gastar más en seguir sintiendo más. Incluso en el mundo religioso, sobre todo entre las llamadas sectas, el sentir se ha convertido en una herramienta de mercado, haciendo que sus agremiados digan por todas partes que en esa o en aquella creencia “sí se siente”, como si la seria y profunda experiencia de Dios se hubiese reducido a una golosina de efectos manipulables por factores humanos.

 

Llegados a este punto, delinquir por necesidad acaba siendo tremendamente ambiguo, ya que no sabemos si la necesidad que se exhibe como justificación, era en verdad una necesidad vital, o la simple necesidad fomentada por la mercadotecnia de tener o sentir lo que tienen o sienten los que aparecen sintiendo, gozando y teniendo en todo tipo de anuncios comerciales o series televisivas. En esa misma irracionalidad se ubican quienes delinquen para poder seguirse drogando, ya que ésa es su necesidad.

 

En este mundo todo el tiempo excitado se extingue la gente con necesidad de aprender más, de ser mejor, de ayudar a otros, de poseer a Dios no como un exótico satisfactor, sino como una experiencia de vida y libertad.