ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La santería

22 de febrero de 2015

La nota no podía ser menos roja, cadáveres regados entre la maleza, mutilados, deformes, en posturas grotescas, ejecutados o sacrificados en mitad de la noche en una zona de miedo y ocultismo. Los periodistas que dieron a conocer los hechos vincularon el suceso con la santería, gracias a lo cual media Guadalajara se quedó sin entender palabra.

 

Y es que bajo el concepto de santería concurren chamanes de diversa índole; lo mismo puede ser una voz que evoca los ancestrales rituales africanos con una presencia dominante en Brasil, Venezuela, Haití o Cuba, que las nuevas creencias donde los cultos ocultos otorgan al diablo o a la muerte poderes extraordinarios.

 

En la zona de Tonalá donde ocurrieron las muertes referidas se dice dan culto a la “santa” muerte, devoción patética de reciente innovación que ha venido a suplir servicios que no podían prestar los santos de la Iglesia, pero que eran indispensables para devotos empecinados en alcanzar el favor de lo sobrenatural para la comisión de todo tipo de delitos.

 

Ya en el norte del país privaba el culto de Jesús Malverde, forajido de buena fama que al igual que Chucho el roto, robaba a los ricos para ayudar a los pobres, y más al este el Niño Fidencio. Ambos “santos” habían sido canonizados por el fervor popular, pero no podían acercarse ni a los atrios parroquiales, de ahí que pronto acabaran siendo abogados del crimen ya que les impedían serlo de las causas nobles.

 

La “santa” muerte tiene origen también en el norte, y se recrea todos los días en las periferias socioculturales de México. En la periferia de la religión dominante, en la periferia de la legalidad y la educación, también en la periferia del progreso, de las oportunidades reales de crecimiento, en la periferia de los que comen tres veces al día y muy bien.

 

La santería de Tonalá es de este rango, nada que ver con los “tambores” que también en Guadalajara se dan. Es una santería para los militantes consuetudinarios que buscan alcanzar la impunidad muy lejos de la Suprema Corte de Justicia, de las cámaras legislativas o de la casta dorada de la alta burocracia.

 

Esta santería se concilia con las prácticas permanentes de la brujería de origen local y prehispánico, que lo mismo se usa para “dañar” o quitar el “daño”, vengar infidelidades o consumarlas, curar los males de amor o provocarlos, a través de rituales esotéricos donde los grandes personajes del santoral cristiano forman parte de la tramoya litúrgica de brujos y hechiceras.

 

Todo podría quedar en análisis sociorreligiosos a no ser por la irrupción de prácticas criminales, que además de solapar, inducir, motivar y justificar conductas delictivas, acaban cometiéndolas como parte de sus rituales o consecuencia concreta y obligada de su sistema de creencias.

 

Finalmente debemos advertir que lo sucedido en Tonalá, en el país, y en buena parte del planeta es en buena medida secuela de la imposición global de un sistema económico brutal que empobrece a la mayoría y apenas si genera empleos de bajos salarios y nulas expectativas de progreso.