ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La segunda muerte

1 de noviembre de 2009

La segunda muerte es el olvido. Y el olvido es pariente cercano de la ingratitud, por eso todas las culturas de alguna manera se han obligado al recuerdo, a la memoria, a la conmemoración, todo lo cual expresa la pertenencia a una línea generacional, a la intervención que otros tuvieron para que nosotros estemos aquí, a lo que hicieron para que la vida continuara, a su parte en esta cadena de existencia que busca vivir y transmitir el vivir.

 

Cuando la sociedad y la cultura se vuelven superficiales el tamaño del tiempo se acorta; se acortan también las miras, y pareciera que todo se resuelve en el día que pasa, sin pasado y sin futuro, solamente la carga inmensa de una existencia aplastada por el frenesí de agotarse en una sola toma. Ya no importan los ancestros, ni siquiera los padres, cuyo destino final será el asilo, ese lugar de olvido que anticipa la muerte. Los hijos se vuelven irrelevantes, en el mejor de los casos, preferible no tenerlos, pero si por un descuido ya están aquí, que vuelen pronto, y que hagan su vida, o la deshagan.

 

En esta línea de reflexión se comprende que la relación de los vivos con los muertos dependerá igualmente del tipo de valores y conceptos con que se viva. Impresiona a quienes creen en la trascendencia el hecho supremo de enfrentarse con el infinito, por eso acompañan a sus difuntos con el silencio orante; impone el dolor ajeno de quienes pierden la estimable presencia de un ser querido, por eso la compañía solidaria que se ofrece a los dolientes; admira la esperanza de una vida futura que fortalece la comunión de las gentes cuando llevan a sus muertos a los altares de la fe. Pero cuando se quiebran estas percepciones, cuando a la experiencia profunda de la existencia le sucede la frivolidad del todo pasa, de la vida sigue, y tantas otras frases huecas que hoy se oyen, los velorios se vuelven groseros convivios, y los propios parientes pareciera que tienen prisa en deshacerse del difunto; puesto que han perdido el arte de vivir, no pueden descubrir el arte sublime de saber acompañar al que muere, prácticamente lo tiran.

 

Entre los antiguos pueblos indígenas de Mesoamérica se desarrollaron dos conceptos frente a la muerte, la mayoría creyó que el alma de los difuntos volvía en su aniversario de muerte, de ahí que había que ofrecerles lo que les gustaba; otros pueblos, los menos, motivaban más bien la marcha de los difuntos en las profundidades del infinito, del que no había regreso a este mundo, sino una progresión ascendente.

 

El pensamiento cristiano ha mirado siempre a la muerte como un tránsito, como el paso definitivo en el proceso evolutivo de la persona, que agotada su condición física, la trasciende para llevarla a una plenitud de vida que solamente otorga el Dios creador de cuanto existe. Esto no excluye el don del recuerdo y la conmemoración, al contrario, la vuelve meritoria para alcanzar esa plenitud de vida que se potencia en la gratitud.