ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La sucesión de 2012

24 de julio de 2011

Para don Porfirio la democracia se reducía a una fórmula simple: “yo elijo al candidato y el pueblo vota por él”. También supo elegirse a sí mismo por 30 años, y el pueblo votaba por él.

Por razones de “Estado” que nada tienen que ver con el Estado, sino con las conveniencias del gobernante en turno, éste siempre ha considerado de particular importancia intervenir en la elección del sucesor desde el primer día de su mandato, sea para garantizar la continuidad de un proyecto, la estabilidad nacional, o el bien supremo de la patria; frecuentemente es para garantizar que el sucesor no delate su yerros, ni sea tan superior a él que evidencie su mediocridad, le cubra la retirada, máxime si sale bien cargado, o hasta para evitar que lo suceda alguien que le cae gordo.

En nuestro país, desde los gloriosos años de la emancipación, el mundillo del poder ha sido un espacio cercado por todo tipo de intereses, excepto el bien común. El que llega lo hace para no dejar llegar a otros mejores que él, así deba acudir a los expedientes más sinuosos y aún al mismo asesinato. En este aspecto casi patológico del poder en clave mexicana, la célebre novela de Martín Luis Guzmán La sombra del Caudillo, ofrecía una meticulosa autopsia de los hombres y el poder, de la hipocresía, la deslealtad, los juegos sucios y la pasmosa perversidad de los mandatarios y su entorno. La novela fue publicada en Madrid en 1929, y prohibida de inmediato en México; muy posteriormente, en 1960, Julio Bracho creyó que con el pasar del tiempo la novela podía convertirse en una buena película, así que la rodó; para su sorpresa la exhibición fue igualmente prohibida hasta 1990.

Seguramente los hombres de poder no resistían ver su retrato reproducido tan magistralmente, ni deseaban que el público los viese tal cual son y han sido. En ambas producciones queda evidenciado que para muchos mandatarios la sinuosidad de la palabra, la incapacidad para asumir de frente las decisiones tomadas, y la falsedad de los afectos y las sonrisas eran un arte a cultivar todos los días, al margen del honor y de la dignidad.

La sombra del Caudillo toca el tema de la sucesión del general Obregón, con personajes redimidos de la “dictadura” porfirista, emanados de la “democrática” revolución, pero que actúan con una doblez y perversidad apenas comparable con los tiempos precedentes. Si el caudillo ya eligió al candidato por el cual todos votarán, ¿cómo deshacerse de los demás aspirantes, sobre todo, si tenían mayor capacidad, honradez, y aceptación social? Alentándolos de frente y traicionándolos por la espalda.

Ojalá y tales prácticas hubiesen sido ya desterradas de nuestra democracia, y nuestro país tuviese las agallas para establecer una contienda electoral entre los mejores, y no entre los cuates, los cubre espaldas, los cómplices o los vividores.