ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La suerte de Guadalajara

14 de febrero de 2016

Guadalajara fue fundada hace 474 años por un puñado de familias españolas. Estas familias tenían en común el espíritu de superación, la audacia que los llevó a cruzar un océano inmenso, y una fe católica de muy antigua raigambre.

Hoy, la ciudad que celebra su aniversario de fundación ha dejado de ser lo que había venido siendo por lo menos hasta la década de los años setenta del siglo XX. A esos años llegó como una ciudad ordenada, planeada, limpia, progresista pero contenida, abierta pero arraigada. La ciudad había estado bajo la guía de buenos líderes en su mayor parte. El partido político dominante le venía ofreciendo a la ciudad administradores capaces, respetuosos, visionarios, muchos de ellos realmente honestos, su autoridad y don de mando les permitía mantener bajos los índices de inseguridad y conflicto, y un manejo cuidado de los recursos mantenía lejano el espectro de la deuda, del despilfarro o el saqueo.

A partir de entonces ese partido político se fue hundiendo cada vez más en el pantano de la corrupción, de las ambiciones de poder y el canibalismo, a tal extremo que comenzó a perder en sucesivos procesos electorales. La facilidad con la que el partido ganador de entonces siguió el mismo camino disoluto, les permitió volver no como un instituto político renovado y transformado, sino con un espíritu de revancha y de agresividad desastroso.

Guadalajara es hoy día una víctima evidente de la guerra entre los partidos, capaces de arruinar la vida de toda una ciudad por asuntos de venganza y previsiones electoreras en el mediano plazo. Que agentes del partido perdedor en las pasadas elecciones municipales, se dedicaran consistentemente a limitar al máximo las posibilidades reales de mejorar la ciudad, para hacer quedar mal al partido ganador, es un crimen que no debe ser olvidado.

Denigrante para Guadalajara observar como muchos de sus habitantes fueron convertidos en vándalos a sueldo para gritar, oponerse, hacer marchas y plantones en defensa de privilegios adquiridos a costa de adhesiones partidistas, ¿cómo un partido político establecido en orden a grandes ideales de libertad y transformación social ha acabado reducido a una cloaca de todas las ambiciones y corruptelas? ¿Cómo un partido que albergó tan distinguidos pensadores se volvió cómplice permanente de los peores enemigos de la ciudad, de su identidad y de su origen? ¿Cómo un partido que en años lejanos dio a Guadalajara verdaderos y visionarios gobernantes, en los últimos años la puso en manos de saqueadores?

Hoy llegamos al 474 aniversario de la fundación de nuestra ciudad con una Guadalajara en ruinas, con obras públicas inacabables porque el dinero no llega, o nomás por molestar, o porque los responsables fallaron en sus cálculos; con una administración municipal maniatada por la deuda heredada, pero también por la impericia de muchos colaboradores y el lastre de burócratas perpetuos.

Una Guadalajara de 474 años de vida, con su identidad y su raíz amenazada por los diseñadores caídos de los cotos residenciales que de Guadalajara apenas si comprenden el nombre, y a todo esto ¿dónde están los tapatíos, los de origen y los de adopción? ¿En qué coto se refugiaron abandonando la ciudad que heredaron?