ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La vida real

8 de marzo de 2009

La duración biológica de la vida real no implica debate ni polémica, en todo caso puede apoyarse en la estadística para enseñarnos que el ser humano pasa por diversas edades que van de la infancia a la vejez, y que el promedio de vida, por ejemplo en México, ande por los 74 años.

 

Durante siglos la cultura occidental ha construido su interpretación de la vida en sus diversas edades, dentro de un marco amplio de tiempo, dando a cada etapa un valor singular y acumulativo, orientado siempre al bien de la especie. Así, la tabla valoral de nuestra sociedad ha sido aprender para enseñar y recibir para dar, sea en el campo de la ciencia que de la experiencia humana; esta situación condujo a la estimación de cada edad en función de su importancia dentro de un proceso amplio de la vida, cuyo final se auroleaba ya por el simple hecho del cúmulo de los años, enriquecidos con los frutos brindados y la experiencia de vida.

 

La vida real era entonces la vida misma en toda su duración. Hoy las cosas están cambiando, no digo que necesariamente mejorando, pero sí cambiando y a veces de manera radical. En nuestros días la cadena productiva y la industria de la diversión han reducido la vida real a la etapa en que se puede rendir más, ganar más y disfrutar más, es decir, un periodo de vida que se extiende de los 18 a los 40 años; numerosas empresas lo ha reducido cinco años más toda vez que solamente contratan personas menores de 35 años.

 

Esta postura ejerce una tremenda presión sobre toda la sociedad. Los niños quieren ser jóvenes a la  brevedad posible, y los jóvenes quieren mantenerse tales a como de lugar. Las personas maduras o ancianas acaban viéndose como excedentes, a la vez que se vuelven consumistas obsesivos del mercado de las apariencias. Pintarse, ponerse, quitarse, estirarse, implantarse, untarse, hacer ejercicios extenuantes, tomar toda clase de vitamínicos y excitantes, lo que sea con tal de seguir estando de algún modo en la “vida real”.

 

En la vida matrimonial la voluntad de amarse como personas en un proyecto que exige tiempo para la maduración del mutuo conocimiento y de la misma experiencia conyugal, se ha ido sustituyendo con base a parámetros consumistas donde las apariencias y el intercambio de los satisfactores más superficiales acaba siendo el factor dominante. La vida familiar será entonces un reflejo de estas relaciones reducidas a mercadeo, debilitadas por las ansias emancipadoras, y bien dispuesta a seguir construyendo asilos semejantes a tiraderos humanos.

 

En el fondo de todas estas novedades subyace la tendencia hacia un individualismo subjetivista extremo, donde lo único importante es el ego que toma, compra, vende o intercambia a capricho cosas como si fueran personas, y personas como si fueran cosas, acostumbrándose cada vez más a una soledad mezquina, libre de cualquier interferencia humana, recreándose en mundos artificiales como “second life”, cómodamente aislado con el poderoso apoyo de las nuevas tecnologías.