ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La vocación de educar

5 de febrero de 2012

Educar es ayudar para que un ser humano saque lo mejor de sí mismo, es enseñar a sustituir el gregarismo natural por una comunidad que de manera consciente contribuye y colabora en la construcción de un mejor ambiente para la vida íntegra de todos. Educar ha sido el principio esencial de todas las grandes civilizaciones, la condición del progreso, y el mecanismo para controlar el egoísmo primitivo a favor de la participación generosa.

 

Lamentablemente los mexicanos no hemos comprendido con la seriedad que se requiere la trascendencia de esta misión. Nuestra historia independiente ha sido en buena medida una búsqueda desesperada por alcanzar la nave de la mejor educación, frecuentemente entorpecida por quienes debieran contribuir a este logro, por ejemplo profesores y políticos de Oaxaca y de tantos otros estados. En parte, esta constante frustración hizo nacer la educación privada, con el ideal de que en manos de “particulares” se lograran mejores resultados aún si se debía pagar por ello el doble.

 

El pasado 27 de enero falleció en esta ciudad don Santiago Méndez Bravo, un hombre enteramente dedicado al logro de una educación de calidad que beneficiara a quienes ya trabajaban, profesionalizando su servicio. Pero advirtiendo el gran potencial educativo que iban adquiriendo los medios de comunicación social, orientó su esfuerzo a la capacitación universitaria de quienes laboraban en la entonces naciente industria de la radio y la televisión, a partir del todavía dominante periodismo. Efectivamente, hace cincuenta años nació en Guadalajara la primera escuela de periodismo del occidente mexicano en el Instituto Pío XII, que el padre Santiago había recibido un año antes.

 

Son innumerables los comunicadores que desde entonces se formaron en esta escuela, hoy departamento de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, que detonó el interés por esta área del saber en las demás universidades de nuestro entorno. A la par de esta novedosa escuela surgió la misma Universidad del Valle de Atemajac, que se ha consolidado como la expresión de compromiso social educativo de mayor alcance desde los tiempos de los obispos Alcalde y Cabañas.

 

Pero aún debemos añadir un dato, la obra social de los obispos mencionados se realizó en una época en que los recursos económicos abundaban, y sólo se requería de voluntad para encaminarlos a los mejores fines. Cuando don Santiago recibió el Instituto Pío XII, lo recibió con deudas, y a partir de ahí mostró la calidad de su vocación y de su liderazgo haciendo fructificar de casi nada la institución educativa que hoy contemplamos.

 

El padre Santiago Méndez nos dio ejemplo haciendo de sí mismo un gran ser humano, razón que explica el aquilatado valor de su obra. Su herencia es la fortaleza de su espíritu, la altura de sus ideales, su capacidad para convertirlos en realidades palpables, y su don para descubrir en cada obstáculo una nueva oportunidad de superación y crecimiento. Gracias Don Santiago.