ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Las 10 plagas

24 de mayo de 2009

Bastantes años después de ocurrida la liberación de muchos judíos en Egipto, la narrativa oral de aquel acontecimiento puso por escrito en el libro del Éxodo el desarrollo de los hechos, entre los cuales se destaca el azote de las diez plagas que cubrieron la tierra de los faraones, como señal y advertencia contra el esclavismo abierto o disimulado que practicaban dichos señores.

 

Realmente desde antes y también después de que la Biblia se escribiera, todos los pueblos de la tierra han buscado significados profundos en las contingencias cotidianas, particularmente si estas son graves o amenazantes; de alguna manera advertían la existencia permanente de una responsabilidad compartida entre el hombre y la naturaleza, mirando en ésta un reactivo a las conductas humanas. Desde esa perspectiva, los cataclismos naturales acabaron siendo el azote de Dios para sancionar, depurar o detener los desvaríos del individuo y particularmente del conjunto de la sociedad.

 

Este tipo de generalizaciones rápidas y mecánicas se fueron superando ya desde los tiempos mismos en que se escribían los últimos libros que conforman la Biblia, siendo uno de esos prototipos el libro de Job. El pensamiento cristiano siguió también por esos derroteros impulsando más bien la aceptación de la realidad y la corresponsabilidad ante sus exigencias, la búsqueda constante del auxilio divino, el compromiso de cultivar vidas productivas, y la aceptación del juicio de Dios y sus consecuencias al final de los tiempos; desde luego no siempre los elevados principios e interpretaciones de los teólogos han sido el vademecum del común de los creyentes.

 

En todo caso podríamos establecer un punto de equilibrio: es un hecho evangélico el que la sanción por las faltas humanas vendrá solamente al final de la vida, y que desde luego no pagan justos por pecadores, por esa razón no podemos pensar en castigos divinos que fustiguen ciegamente lo mismo a inocentes que a culpables; pero también es un hecho que sufrimos en vida las consecuencias de nuestros propios actos, y que la naturaleza no perdona el abuso que de ella se hace, lo cual observamos todos los días en los cambios climáticos o en las enfermedades que  provocamos pudiéndolas evitar.

 

En lo que a nosotros se refiere, vivimos ya ante la expectativa del virus nuestro de cada día, pues ya no es uno sino de momento tres los que pululan en los ambientes regionales; sabemos perfectamente bien toda la enorme responsabilidad que tenemos nosotros como un virus más: ensuciamos los ríos o permitimos que otros lo hagan, hacinamos tilicheros en azoteas, calles, baldíos y patios propios o ajenos, tiramos basura por todas partes, somos coautores del azolve anual del alcantarillado, reducimos las medidas de higiene a farsas anodinas, y a quienes pagan impuestos, poco les importa el uso que de ellos hagan instituciones y autoridades, lo que trae consigo seis plagas todavía más virulentas: la apatía ciudadana, los partidos políticos, la nociva burocracia, las adicciones criminales, el alarmismo estéril y las campañas electorales ¿queremos más?